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Cellorigo

El desfiladero de las Conchas de Haro recibe al Ebro abriéndole una puerta en medio de los montes Obarenes. A la derecha del cauce quedará toda La Rioja menos la comarca de la Sonsierra que, haciendo honor a su nombre -“bajo la sierra”-, se acurruca a la izquierda del río al cobijo de la Sierra de Toloño.

Acabas de entrar en el paisaje del vino. Los casi 1.000 metros de los escarpes de Cellorigo, Galbárruli y San Felices en los montes Obarenes frenan el clima húmedo venido del norte y el suelo calizo con abundante arenisca envuelve la simiente.

Pero sobre todo es el dedicado trabajo de los riojanos el que consigue el milagro. Esta tierra de viñedos, generosa en fruto y cambiante con las estaciones, quiere que te quedes a descubrirla, a echar un trago, a comera dormir. Hará que te sientas como en casa.

A pie, en bici, a caballo… Recorre los senderos señalizados y descubre los antiguos guardaviñas, chozos de piedra que guardan aún hoy los aperos de labranza, y los lagares rupestres, huecos excavados en la roca donde hace siglos se pisó el vino.

Sobre tu cabeza, un nutrido grupo de águilas reales, halcones peregrinos, alimoches y buitres leonados aprovechan los riscos para aterrizar entre el carrasco, los madroños, el boj y las plantas aromáticas.

Si te animas a subir a las cumbres de Toloño o Bilibio, busca las zonas húmedas donde robles quejigos pueden darte sombra a la hora de descansar y echar un trago de la bota. Ah, y recuerda, en los riscos de Bilibio se libra cada 29 de junio la Batalla del Vino.

El Ebro discurre sinuoso en este recorrido por el norte riojano. Prueba de ello son los marcados meandros que crea entre las localidades de Briñas y Haro o entre Briones y San Vicente de la Sonsierra. Una serpiente de agua que riega bosques de ribera y que puedes avistar, por decir un sitio, desde un globo aerostático en Haro.

Si sigues al Ebro te encontrarás con la Sierra de Cantabria donde se mezclan escarpes rocosos con grandes paredes verticales que pasan de los 1.000 metros. Sobre ella, el Camino de Santiago saluda a Logroño y ofrece una vista de kilómetros de viñedos y álamos que esconden de vez en cuando el río.

Cellorigo

El desfiladero de las Conchas de Haro recibe al Ebro abriéndole una puerta en medio de los montes Obarenes. A la derecha del cauce quedará toda La Rioja menos la comarca de la Sonsierra que, haciendo honor a su nombre -“bajo la sierra”-, se acurruca a la izquierda del río al cobijo de la Sierra de Toloño.

Acabas de entrar en el paisaje del vino. Los casi 1.000 metros de los escarpes de Cellorigo, Galbárruli y San Felices en los montes Obarenes frenan el clima húmedo venido del norte y el suelo calizo con abundante arenisca envuelve la simiente.

Pero sobre todo es el dedicado trabajo de los riojanos el que consigue el milagro. Esta tierra de viñedos, generosa en fruto y cambiante con las estaciones, quiere que te quedes a descubrirla, a echar un trago, a comera dormir. Hará que te sientas como en casa.

A pie, en bici, a caballo… Recorre los senderos señalizados y descubre los antiguos guardaviñas, chozos de piedra que guardan aún hoy los aperos de labranza, y los lagares rupestres, huecos excavados en la roca donde hace siglos se pisó el vino.

Sobre tu cabeza, un nutrido grupo de águilas reales, halcones peregrinos, alimoches y buitres leonados aprovechan los riscos para aterrizar entre el carrasco, los madroños, el boj y las plantas aromáticas.

Si te animas a subir a las cumbres de Toloño o Bilibio, busca las zonas húmedas donde robles quejigos pueden darte sombra a la hora de descansar y echar un trago de la bota. Ah, y recuerda, en los riscos de Bilibio se libra cada 29 de junio la Batalla del Vino.

El Ebro discurre sinuoso en este recorrido por el norte riojano. Prueba de ello son los marcados meandros que crea entre las localidades de Briñas y Haro o entre Briones y San Vicente de la Sonsierra. Una serpiente de agua que riega bosques de ribera y que puedes avistar, por decir un sitio, desde un globo aerostático en Haro.

Si sigues al Ebro te encontrarás con la Sierra de Cantabria donde se mezclan escarpes rocosos con grandes paredes verticales que pasan de los 1.000 metros. Sobre ella, el Camino de Santiago saluda a Logroño y ofrece una vista de kilómetros de viñedos y álamos que esconden de vez en cuando el río.

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Cellorigo

Conserva dos torres medievales integradas en el caserío. Fue un castillo defensivo en el paso de La Morcuera, con impresionantes vistas sobre los Montes Obarenes y el valle del Ebro.

En la fachada este el acceso es elevado y hay un relieve arcaico de figura humana. La fachada de acceso actual está situada al sur. Las torres han sido reformadas para alojar viviendas en el interior.

El lugar pertenecía al conde de Álava en el 882 y 883, quien lo repobló con gente venida de Álava. Fue una fortaleza importante ya que siempre la controlaba un representante real. En el XIII tanto la aldea como la fortaleza pasó a ser de Miranda de Ebro (Burgos) según un privilegio real de 1288 de Sancho IV.

Texto: Asociación de Amigos de los Castillos de La Rioja


Época: siglos XII y XIV
Propiedad: particular
Visitable: no

Cellorigo

Conserva dos torres medievales integradas en el caserío. Fue un castillo defensivo en el paso de La Morcuera, con impresionantes vistas sobre los Montes Obarenes y el valle del Ebro.

En la fachada este el acceso es elevado y hay un relieve arcaico de figura humana. La fachada de acceso actual está situada al sur. Las torres han sido reformadas para alojar viviendas en el interior.

El lugar pertenecía al conde de Álava en el 882 y 883, quien lo repobló con gente venida de Álava. Fue una fortaleza importante ya que siempre la controlaba un representante real. En el XIII tanto la aldea como la fortaleza pasó a ser de Miranda de Ebro (Burgos) según un privilegio real de 1288 de Sancho IV.

Texto: Asociación de Amigos de los Castillos de La Rioja


Época: siglos XII y XIV
Propiedad: particular
Visitable: no

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