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112 resultados

Disfruta de las experiencias que La Rioja te propone para este verano con actividades para todo los públicos y a cualquier hora del día, como visitas a viñedos y bodegas y experiencias alternativas en torno al mundo del vino, diferentes recorridos para disfrutar de La Rioja por el aire o múltiples actividades culturales-turísticas, con más de ciento cuarenta propuestas vinculadas al ocio, vino, la cultura y la naturaleza.

¡Descúbrelas todas aquí!

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La Rioja accesible

tipo de documento Artículos

La Rioja es un destino turístico inclusivo, que trabaja por la accesibilidad real y por crear espacios en los que todos tengamos cabida. Le invitamos a disfrutar del enoturismo y de una gastronomía sobresaliente, a conocer la tierra donde habitaron dinosaurios, a vivir el camino de Santiago y a adentrase en la cuna del castellano.

La Rioja ofrece una variada oferta turística accesible para todo tipo de turistas. Turismo familiar, tercera edad y turistas con necesidades especiales o diversidad funcional encuentran en La Rioja actividades para todos los gustos.

Los amantes de la naturaleza disfrutarán de entornos naturales accesibles como las vías verdes, el Camino de Santiago, el Parque de Sierra Cebollera o la Reserva de los Sotos de Alfaro… donde existen cómodos paseos adaptados para silla de ruedas o con carrito de niños a lo largo de sus senderos accesibles.

Existe una variada oferta de arte, patrimonio y cultura accesibles para conocer monasterios, castillos, museos o los secretos del vino de Rioja. Si se quiere compartir un día en familia nada mejor que pasarlo en los parques temáticos de Paleo Aventura (Barranco Perdido) o Tierra Rapaz, donde mayores y pequeños vivirán experiencias inolvidables. Por supuesto, quien viene La Rioja no puede marcharse sin visitar una de nuestras numerosas bodegas accesibles y participar en las catas sensoriales de vino, donde los sentidos son protagonistas y permiten sorprenderse a todos con hallazgos y descubrimientos de tus capacidades personales.

Si la oferta turística y cultural es variada, no lo es menos la oferta gastronómica. Quienes visitan esta tierra nunca olvidan nuestra cocina gracias a la amplísima oferta de rutas de pinchos y restaurantes accesibles, que no sólo están libres de barreras arquitectónicas, sino que además disponen de menús especiales para diferentes intolerancias.

En definitiva, La Rioja es una región que apetece, un destino accesible que acoge hospitalariamente a todos, una tierra que sorprende positivamente para realizar turismo deportivo, congresual y de reuniones, ir de compras, ...

Ven y descubre #LaRiojaAccesible en:

www.equalitasvitae.com

www.lariojasinbarreras.org

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¿Te gustaría ser detective en el bosque y poder interpretar las huellas en la nieve para saber si son de corzo, de zorro o de garduña?, ¿Ser agricultor por un día, podar un viñedo y degustar a continuación un almuerzo típico riojano?

Estos son unos pocos ejemplos de la extensa oferta que La Rioja Turismo te propone como “Experiencias de invierno en La Rioja”.

Entra y descubre un montón de experiencias que sólo pueden hacerse desde diciembre a marzo.

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“Mi corazón espera 
también, hacia la luz y hacia la vida, 
otro milagro de la primavera.”

Antonio Machado.

¿Has visto llorar a una vid?

¿Conoces el silbido de los pájaros?

¿Has practicado segway entre viñedos?

Estas son algunas de las más de 150 actividades de primavera que La Rioja Turismo te propone. ¡Entra y descúbrelas!

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Logroño nos despide augurando tormentas, pero la Sierra nos recibe, una hora después, desterrando la lluvia. Ventrosa ensaya la mejor de sus sonrisas para recibirnos junto al puente de la Hiedra. Aquí arriba, la piedra está comprometida con la naturaleza en un matrimonio permanente.

Instantes después, nos decidimos a recorrer las vetustas arterias de la villa. Nos percatamos de que hoy subiremos y bajaremos continuamente. Rozamos con los dedos de las manos los mil metros de altitud. El barrio alto es pretérito. Por encima de nosotros, en el 'castillo', vive una torre con un reloj de cuatro esferas. Dicen los vecinos que yace sobre el espíritu de una antigua fortaleza y que bajo esa tierra aguardan antiguos tesoros. Añaden que nadie ha tenido la insana valentía de emprender tamaña búsqueda.

Miramos ventanas ínfimas por las que difícilmente penetra el frío. Todo es pétreo y gris suave en primer plano. El horizonte del cuadro, en cambio, brota multicolor. Vislumbramos hojas de azafrán, escarlatas, castañas, naranjas y pistachos. El otoño riojano es intrépido por estos lares. Todos los que por aquí habitan comparten osadía. Dentro de unas semanas, cuando el invierno despierte, lo esperarán dos decenas de personas. Al amable verano lo reciben, sin embargo, unas seiscientas.

Hijos, sobrinos y nietos del pueblo. Nos dicen que las nuevas generaciones han recuperado viejas tradiciones, como la danza de la loba. Benditos reaccionarios, pensamos en justicia mientras nos detienen frente a un añejo Rollo que impartió lecciones de muerte. Damos la espalda al humilladero y seguimos venas pedregosas que asoman intactas en cualquier esquina. Observamos las que fueron no hace tanto enérgicas escuelas (1866). El edificio nos replica en presente con una mirada envejecida. Como la herrería y la lavandería. Sombras.

Puente de Hiedra (Ventrosa)

Ascendemos un poco más hacia la iglesia de San Pedro y San Pablo (siglo XVIII). Antes de alcanzarla, pisamos una alfombra de hojas, algunas crujientes, otras blanduzcas, y descubrimos un rostro anónimo que ha cuidado de este templo como si fuese suyo. En el interior, descansan un bello retablo renacentista y una pila bautismal del siglo XII. 

Nos explican con tristeza permanente la intensa trashumancia que partió de Ventrosa el siglo pasado. Bebemos de la Fuente del Emigrante. Chile absorbió gran parte de la vida de este lugar. En la Casa del Maestro, los objetos toman la palabra. Esquiladoras, zurrones y yugos; aventadoras y trillos; baúles y maletas. La ganadería, la agricultura y el éxodo. Nosotros también nos vamos. En el barrio bajo, nos despedimos de la orgullosa Bendosa (siglo X) por la arbolada calle del Valle.

Descendemos unos cien metros por el asfalto entre ganado vacuno, pastizales y bosques. En menos de cinco kilómetros, estamos abajo. Antiguamente Viniegra de Yuso,  primitivamente Lutia, esta villa pace entre la Sierra de la Demanda y el Camero Nuevo, acomodada en el paisaje, bebiendo del río Urbión. Cuarenta personas respiran este aire puro durante todo el año, un número significativo en este contexto geográfico. 

Nos cuentan historias de emigrantes que hicieron fortuna y retornaron dispuestos a compartir esplendor; relatos habituales en toda la Sierra. La escuela que donó Venancio Moreno, la fuente de los Cuatro Caños que construyó Andrés Ibáñez... Levantamos la vista hacia el Cerro de la Traición mientras escuchamos que allí arriba un general romano pudo castigar severamente a los hijos de los primeros pobladores. Algunos escudos muestran hoy brazos amputados sobre la piedra.

Casa de estilo indiano (Viniegra de Abajo)

El estilo indiano, virtuoso y ecléctico, nos recibe alrededor de la plaza de Argentina. Admiramos la conservación de las casas palaciegas, de las calles empedradas, de la naturalidad. La mampostería autóctona convive sin rasgaduras con el señorío americano. Abundan los bancos de piedra y huertas olvidadas por habitantes discontinuos.

Nos cuentan que monte arriba levita la ermita de Santiago, aunque nosotros conocemos en persona a la de La Soledad, más próxima. Visitamos la majestuosa casa de Enrique Villar. Él hace tiempo que no está, así que nos contentamos con admirar la fachada e imaginar el interior en tiempos lustrosos. La iglesia de la Asunción, del siglo XVI, nos saca los colores con su sillería rojiza. La atmósfera delata un pasado espléndido.

Paramos ahora en la casa de Irene. Ella sí está, así que entramos y nos dejamos hacer. Manos arriba, caparrones; abajo, menestras. Arriba, carrilleras; abajo, bacalao. Arriba, torrijas; arriba, natillas; abajo, la copa especial. Saciadas las dudas y ejercitadas las extremidades, bajamos entre calles en calma hasta la carretera. Y entonces empezamos a subir de nuevo. Algunas vacas nos contemplan con arrogancia, como si el asfalto, además del campo, también fuese suyo.

Estamos muy arriba (1.181 metros), entre las sierras de San Lorenzo y Urbión, y el cielo escupe sobre nosotros. Cruzamos el río Hormazal y nos escondemos en la ermita de Santa María Magdalena mientras escampa. Caminamos entre nogales y niños en bicicleta que guían nuestra ruta sobre puentes y entre arquitectura popular. En el collado de San Miguel, aseguran, hubo un asentamiento romano durante el siglo I.

Viniegra de Arriba

En apenas unas semanas, aquí no habrá más de una docena de personas. Durante unos meses, Viniegra de Arriba (de Suso) es solamente suyo. Dentro de la iglesia de la Asunción (siglo XV), nos convencemos de esa placidez invernal. Fuera, escuchamos el agua correr como si fuese conocimiento. La escuela cerró hace cincuenta años, pero todavía conserva retazos: pupitres, libros de estudio, ilustraciones didácticas, fotografías. Nos acompañan hijos y nietos de aquellos alumnos.

Paseamos por el barrio de San Vicente, donde una imagen del santo (1.794) duerme en un muro de piedra. El cielo azulea y la luz despierta a los llamadores. Nos fijamos en uno con forma de media luna (la casa de los Moros) que sobrevive al clima y la avaricia. Regresamos al mismo asfalto, los mismos árboles, las mismas vacas. Cruzamos en silencio Viniegra de Abajo apuntando hacia Logroño.

Una última parada. La misma que antiguamente cumplían caminantes, trashumantes, tratantes y comerciantes. La que hoy siguen honrando viajeros, cazadores, pescadores y senderistas. Junto al río Neila, cruce de caminos en el Alto Najerilla, la Venta de Goyo restituye estómagos y sueños desde principios del siglo XX. Un último bocado de alta montaña. Un último trago de agua serrana. Y un último vistazo mientras atardece y seguimos resbalando hacia la llanura. Allá abajo.

Texto: Sergio Cuesta

 

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Pisamos tierra firme, pero nos alcanza el combate de las olas contra los cascos. Escuchamos historias de necesidad, naufragios y viajes interminables a través del oceáno Atlántico. Nos hablan de navieras con apellidos hidalgos y riojanos, como los Martínez de Pinillos, y de muchos emigrantes que buscaron las Américas. Daniel Viguri Treviño fue uno de ellos. Pagó 9.890 pesetas para navegar desde Bilbao hasta Buenos Aires en el buque Monte Udala, de la naviera Aznar. Su éxodo data del 21 de julio de 1959.

Convento franciscano en el siglo XVIII, escuela, cine y ahora Centro de la Emigración. Un edificio con almas. Dentro, hablan los que se fueron. Las causas nacen en Anguiano, en Brieva, en Ortigosa, en Viniegra de Abajo, en Villoslada, en Torrecilla... La crisis y las ausencias. Regresan sus palabras cargadas de plomo con las emociones intactas. El pasado duele dentro... Aquellos tiempos cuando las laderas estaban teñidas de lana y los telares no daban abasto; cuando las reses eran riqueza para todos; cuando el pueblo entero abrazaba las costumbres; cuando la renta pér cápita de Cameros repuntaba en Europa.

Esta localidad se alimentó de la mesta durante siglos muy prósperos. Las calles de Torrecilla en Cameros descubren aquellos maravillosos años. Por estos lares, los apellidos pesan. Avistamos la casa donde nació José Antonio Manso de Velasco, el Conde de Superunda, y desenmascaramos emblemas y benefactores a cada paso. La piedra y el esplendor se apoderan de todo. La sillería crece hasta levantar la iglesia de San Martín, del siglo XVI. En el interior, escudriñamos dieciséis metros cuadrados de seda, oro y plata; un palio ofrendado por el Conde en el siglo XVIII. Días barrocos.

Centro de la Emigración Riojana en Torrecilla de Cameros.

Desde la ermita de San Antón, acechamos los barrios de El Campillo, San Martín y Barruelos. El Iregua salpica de fuentes cada descanso. Aquí, el agua se embotella. Y la fama  fluye salvaje. Entre apellidos con pedigrí, descolla el de Sagasta. Nos abren las puertas del ayuntamiento para recorrer los hitos de Práxedes Mateo, torrecillano, ingeniero, periodista, masón y presidente del Gobierno español en varios ocasiones a finales del siglo XIX.

Nos señalan senderos y caminos naturales hacia Nieva de Cameros, hacia Pradillo, hacia Viguera, hacia Cueva Lóbrega, mientras abandonamos un instante fotográfico. Al fondo de un callejón pétreo y perfecto, los bosques destiñen un carmesí inhabitual entre los comunes pardos, amarillos y verdes del otoño. Bajo un sol contratado, retomamos el asfalto hacia Villoslada de Cameros. En el trayecto, nos desprendemos pacíficamente de vacas y senderistas.

Unos minutos más arriba, por encima de los mil metros, late el corazón del Parque Natural Sierra de Cebollera, envuelto en pinares, hayedos y rebollos que renacen sobre los antiguos pastos. Una popular feria ganadera evoca en el presente aquellas huellas merinas que perviven en la cultura popular. Los ríos Mayor e Iregua maridan entre la piedra, el adobe, los escudos y la cultura. Nos dicen que Villoslada fue el pueblo con menos analfabetismo de La Rioja en 1920 porque la educación era obligatoria para los zagales que salían a pastorear. Nos lo cuentan mientras ascendemos hacia las escuelas, en la parte alta del callejero.

Cascada de Puente Ra en el Parque Natural de Sierra Cebollera. Foto: Daniel Acevedo

Las casas 'de los chilenos' retrotraen a los años duros, cuando hubo que marcharse para buscar un retorno dorado. La arquitectura que conservan es recia y refinada. Empalmamos rampas y virajes. Cerca de la cima, nos secuestra un mirador bucólico y una mesa repleta de condumio artesano. Invita la familia de La Ermita de Lomos de Orio. La otra, la que alimenta almas pías y adopta romerías, aguarda a nueve kilómetros de la población, en uno de los enclaves más hermosos de La Rioja. 

Junto al Centro de Interpretación, circundamos antiguos círculos de piedra donde los cameranos trillaban el trigo no hace tanto. En el interior, nos aleccionan sobre la flora autóctona. Oteamos montes lejanos y distinguimos sus capas. Los pinares, más resistentes, habitan las alturas; las hayas cubren el suelo más abajo, mucho más frondosas; mientras, los robles rebollos completan las laderas sobre una base más diversa y rica. El renacimiento natural.

Nos señalan La Blanca, La Mesa, la dirección hacia el Achichuelo, pero nosotros avanzamos hacia la plaza, aparcando esos planes para escapadas venideras. Miramos a los ojos a la antigua fábrica de paños (siglos XVIII), rastro de la prosperidad, decenas de empleados y telares; y nos aplicamos en el presente. Ahora nos encañonan unas alubias con sacramentos, unas patatas con chorizo, unos conejos guisados, flanes, natillas,  arroces con leche. El bar restaurante Corona nos sabe añejo.

Entre Villoslada de Cameros y Lumbreras llegaron a reunir más de doscientas mil cabezas de ganado en las faldas de la Sierra. Las ovejas merinas cubrían las faldas de las montañas. Hoy vislumbramos unas cuantas motas blanquecinas jugueteando en la amplitud salvaje. Devoramos una carretera que asciende hacia nuestra última parada, localizada sobre un meandro del Iregua, entre hayas, arces, abedules y más rastros de hidalguía.

Parque Aventura "Sierra de Cameros" en Lumbreras.

Memorizamos calles y viviendas hermanadas antes de atrevernos con la iglesia de San Bartolomé (siglo XVI), un templo enorme donde vive un fastuoso órgano del siglo XVIII. Ascendemos hacia la ermita de la Virgen de la Torre, una curiosa edificación aposentada sobre un antiguo enclave celtíbero. Distinguimos tres piezas adosadas. La primera, una torre vigía; la segunda, un santuario; y la tercera, una casa de juntas. Aquí arriba, todas las imágenes son panorámicas. Encuadramos la vista hacia las ermitas de San Martín y el Santo Cristo, hacia el parque de aventura, hacia antiguas construcciones semiocultas.

De nuevo en movimiento, nos presentan la casa de Fernández de Tejada como la más hidalga de todas las reconocidas y respondemos con un vistazo respetuoso hacia el buen gusto que por aquí tanto abunda. Desciframos escudos y piedras labradas. Nos evadimos por calles discretas y nos detenemos frente a unas viviendas melancólicas. Nos explican que en ellas realojaron a gran parte de los vecinos que habitaron la antigua aldea de Pajares, hoy un embalse próximo.

Pisamos el asfalto de salida, aunque, en realidad, trotamos a caballo sobre la antigua ruta romana que une Lumbreras y Villoslada; nos apresuramos hacia Torrecilla y cruzamos Nestares, Panzares, Viguera e Islallana. En Logroño, tomamos un autobús hacia Bilbao. Y ya en el puerto vizcaíno, compramos los billetes y esperamos en silencio mientras otros conversan sobre maletas perdidas en alta mar. A bordo del mastodonte de acero, nos internamos en un horizonte de bruma y vaivenes serranos.

Texto: Sergio Cuesta

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El Balcón de Mateo

tipo de documento Artículos

Con El Balcón de Mateo, las mamás y papás lo tendrán mucho más fácil a la hora de escoger los mejores planes para realizar en familia en La Rioja.

Es una web informativa en la que encontrarás las actividades de ocio infantil y familiar que se celebran en Logroño y en La Rioja. Ofrecemos una información completa y actualizada sobre las mejores propuestas de ocio familiar.

Agenda de ocio infantil de La Rioja. El Balcón de Mateo presenta las actividades para niños entre 0 12 años programadas en La Rioja y la información que más interesa a los padres riojanos como educación, cultura y turismo familiar.

También puedes descargarte su aplicación para llevarla a todas partes:

- iOS (iPhone): https://itunes.apple.com/es/app/el-balcon-de-mateo/id757841940?mt=8

- Android: https://play.google.com/store/apps/details?id=com.santibecerra.elbalcondemateo

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Brieva de Cameros aparece de repente entre el manto verde. Estamos escondidos en el Valle del Najerilla, junto a un asentamiento que une el río Berrinche con el bravo nacimiento del Brieva. Mientras paseamos por calles serenas, a ratos casi intactas, nos dicen que a unos cuantos cientos de metros el agua brota del suelo como si fuese una aparición. Más allá, asciende una ruta, que en realidad es un reto, hacia Cabezo del Santo, la cumbre que sonríe sobre nosotros (1.854 metros). 

La naturaleza se apodera del tiempo mientras caminamos junto a la corriente. El entorno evoca tópicos entre los urbanitas. Es una postal viva de la Sierra. Aquí, la vida es piedra, madera y agua. Y el conjunto es limpio, simple y bello, incluso envidiable. Nos cuentan que el apellido de Brieva es accidental, un retazo para diferenciarse de otras poblaciones españolas con nombre idéntico. A principios del siglo pasado, había más de 1.200 coincidencias. 

No estamos en Cameros, pero oriundos del lugar nos explican que Brieva perteneció al Señorío de Cameros hace unos cuantos siglos. Quizá por ahí fueran los tiros. La plaza es un enclave evocador. Por un lado, nos observa un hermoso ayuntamiento, obra del riojano Agapito del Valle. Por el otro, la iglesia de San Miguel (siglos XV-XVI) nos acecha orgullosa. Presume de haber albergado y protegido la imagen de la virgen de Valvanera durante 46 años (1.839-1.885), mientras el monasterio renovaba un interior ruinoso. Las dos miradas intimidan junto a una fuente estrepitosa y una escalinata que nos parece guiar de regreso al pasado. Es entonces cuando nos hablan de Pedro Duro y Benito, uno de los cortezudos más ilustres, fundador a mediados del siglo diecinueve de la que sería poco después la primera industria metalúrgica del país.

Brieva de Cameros

Mirando alrededor es inevitable recrear escenas pastoriles perdidas. Hoy en día es más nostalgia que realidad. Las cañadas marcan los trazos de la trashumancia desde el rancho de esquileo, un museo que rinde espacio y homenaje a la cultura que sigue impregnando estos pastos. 

Seguimos la ruta hacia el Camero Nuevo y despedimos a las tres decenas de habitantes que permanecen impávidos ante la llamada del invierno. Vislumbramos un cortado que anuncia el Valle del Iregua, pero antes cruzamos entre un rebaño de ovejas merinas que siguen alimentándose del paisaje. En un instante, los ladridos de dos imponentes mastines escoltan las distancias y nosotros nos sumergimos en una carretera ribeteada en plenas montañas. Nos dicen que este hábitat es ideal para los buitres.

La carretera se vuelve tensa frente a la primera fotografía de Ortigosa de Cameros, asentada sobre un despeñadero que encoge el río Albercos y fracciona los barrios de San Miguel y San Martín. La arquitectura camerana se abre paso entre calles empedradas y viviendas de postín. El comercio lanar rentó alto hace un siglo y contribuyó a un desarrollo próspero de sus antiguos moradores. La Casa Grande nos enseña piedra sillar del siglo dieciséis y evoca una honda grandeza. Es hora de aperitivos y nos detenemos en Patés El Robledillo, inciativa de supervivencia rural que nos presenta la vigorosa Antonia. Todavía paladeamos algunos de sus productos mientras buscamos saciar el apetito con mayor contundencia. El restaurante El Casino nos brinda pochas, espárragos, bacalao y carrilleras; y nos ofrenda con una alineación final de flanes caseros: de queso, de café, de huevo...

Cuevas de Ortigosa

Embolsados los alimentos, nos aguardan las cuevas más famosas de La Rioja. Observamos en el altivo camino el embalse de González Lacasa, denominado aquí pantano de Ortigosa y entregado un poco más allá a El Rasillo. Precisamente la construcción de la presa concluyó en el hallazgo subterráneo, hace poco más de medio siglo. La antigua cantera horadó el Macizo del Encinedo y descubrió las bocas naturales de la Paz y de la Viña. Penetramos en la primera con la misión de evitar resbalones, estalagmitas y estalactitas. Somos los invitados de una vivienda estrecha que comprime el paso por caprichos de la geología. Nos hablan de pisolitos mientras señalan en múltiples paredes un acné pétreo y expansivo. Sorteamos columnas que fingen ser cerosas, pisamos con cuidado, esquivamos y callamos durante 236 metros de corredor. El silencio natural es contagioso. Salimos sobre la cantera, con la vista forrada de pinares, hayedos, carrascas, rebollos y quejigos.

Entre la diversidad de inmensos bosques, avistamos el azul del embalse. Descendemos hacia La Viña, otra gruta hacia tiempos inmemoriales. El origen se remonta 160 millones de años atrás. Dentro, fantaseamos con siluetas que aparecen como caballitos de mar, mandíbulas de tiranosaurio o candelabros animados. La acción del agua es perpetua en estas burbujas de aire húmedo. Retomamos la carretera hacia El Rasillo imaginando los ascensos hacia El Robledillo y Canto Hincado. Un abrazo con la naturaleza.

Casi de inmediato, nos sentimos ilustremente recibidos en El Rasillo. Nos dicen que quien bautizó este presumido enclave tenía bastante guasa. Nuestro trayecto sube y baja hasta que  nos topamos con el insigne anfitrión: el olmo de montañaMás de cuatrocientos años sobreviviendo a los Cameros y a la grafiosis. En su lucha permanente se inspira la estirpe camerana. Pensamos en el olmo cuando nos abren la iglesia parroquial a la que da sombra. Nuestra Señora la Virgen de las Heras todavía conserva tramos del templo original del siglo dieciséis. Memorias compartidas con el viejo árbol. Muchas de ellas perviven acristaladas a unos cuantos pasos de distancia en el museo de Victoriano Labiano

Club Náutico de "El Rasillo"

Probamos la miel de la sierra en la Mielería de Cameros, un establecimiento museístico en el que debemos degustar y escuchar. Asumimos la trascendencia de las abejas en nuestras vidas mientras cambiamos la piedra por la hierba. Un nombre nos alerta antes de abandonar las últimas casas: "Achóndite". Es un barranco, pero también invoca a una bruja en el imaginario popular; una que consiguió huir de Zugarramurdi y echar raíces en el precipicio. Las leyendas revisten la realidad; la hacen más divertida. 

Nosotros nos volvemos a cubrir de arbustos y pinares de repoblación mientras descendemos hacia el pantano. Celebramos la irrupción natural de algunos robles, el bosque original, y el atrevimiento de un pequeño sapo autóctono que comparte nuestra ruta durante unos breves instantes. Continuamos descendiendo sobre una alfombra blanda que nos lleva hacia el club náutico. La orilla está deshabitada y rebajada en pleno octubre, pero en verano crece y abraza a múltiples bañistas. 

Atardece y brilla el otoño alrededor cuando decidimos regresar. Nos acordamos de los mastines, de los pisolitos y del olmo centenario. La naturaleza nos sacude una y otra vez mientras creemos irnos hacia nuestras casas.

Texto: Sergio Cuesta

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Para disfrutar al máximo de La Rioja te recomendamos esta ruta donde conocerás sus lugares más importantes. Además, puedes combinarlos con los eventos que se celebran en Semana Santa y que puedes ver a tu derecha. ¡La Rioja Apetece!

Día 1: Nájera - Santo Domingo - Ezcaray

Para el primer día, podréis seguir el trazado del Camino de Santiago a su paso por La Rioja que justamente sigue este recorrido. Empezaríamos por Logroño, aunque os sugiero que al menos dejéis una tarde para conocer bien la capital y, sobre todo, para disfrutar de la gastronomía popular de la Calle Laurel.

En Logroño entra el Camino de Santiago por el Puente de Piedra y atraviesa el Casco Antiguo hasta la Iglesia de Santiago que tiene a sus pies una fuente para el peregrino y un curioso juego de la oca gigante con representaciones de todos los hitos principales del Camino de Santiago. Siguiendo el Camino (las marcas con las conchas amarillas y las flechas son fáciles de seguir) llegaréis a la Plaza del Parlamento, donde se encuentra el Parlamento de La Rioja. Cerca de allí se encuentra la Puerta del Revellín, antigua puerta de la ciudad orientada a Finisterre por la que los peregrinos abandonaban Logroño de camino a Navarrete.

Siguiendo la ruta del Camino de Santiago, llegamos a Navarrete. Aunque si se hace en coche, una moderna variante rodea el pueblo, merece la pena entrar a visitarlo. Navarrete es también famoso por su alfarería. Resulta curioso visitar alguna de las más artesanas como es la de Antonio Naharro, justo enfrente del antiguo Hospital de peregrinos San Juan de Acre del que sólo queda la portada que hoy pertenece al cementerio de Navarrete.

Salimos de Navarrete de camino a Nájera, cuna de reyes, ya que aquí tuvo su corte durante muchos años el Reino de Pamplona - Nájera (918 – 1076) Sancho III el Mayor construyó el Monasterio de Santa Mª La Real, donde se encuentra el Panteón real, en base a una leyenda sobre unas visiones que tuvo en la cueva que se encuentra dentro de la iglesia del monasterio.

Desde Nájera, antes de partir por el Camino de Santiago hacia Santo Domingo de la Calzada, merece la pena un pequeño desvío que muchos peregrinos hacen incluso a pie para visitar los Monasterios de Suso y Yuso en San Millán de la Cogolla, Patrimonio de la Humanidad por ser el lugar donde se han encontrado las primeras palabras escritas en castellano antiguo y en vascuence. Es un lugar privilegiado, no sólo por si importancia histórica, sino también por su belleza paisajística. El monasterio de Suso, tiene las visitas limitadas y hay que reservar la visita con antelación.

A la vuelta de San Millán, y siguiendo con los monasterios de La Rioja os recomiendo la visita al Monasterio Cisterciense de Cañas. Es un monasterio peculiar porque al contrario de la mayoría de los monasterios góticos y de la orden del Cister, este monasterio fue y sigue siendo un monasterio de mujeres. Son de las pocas monjas cistercienses del mundo. El monasterio es realmente bonito.

Ya en Santo Domingo de la Calzada, toda la ciudad esta construida por y para el Camino de Santiago, desde el antiguo Hospital de Peregrinos que hoy es Parador nacional hasta, por supuesto, su magnífica Catedral que posee en su interior la prueba viva de una famosa leyenda medieval en la que cantó una gallina después de asada. Aun podéis oír cantar al gallo y la gallina en la Catedral y podréis conocer al completo la leyenda.

Desde Santo Domingo, tenéis a un paso la villa de Ezcaray. Allí está uno de los templos de la cocina riojana en los fogones de Francis Paniego y su madre Marisa en el Echaurren con 2 estrellas Michelin, aunque también tenéis otras opciones más económicas y de diferentes niveles culinarios. Y para los amantes del esquí a pocos kilómetros encontrará las Estación de Esquí de Valdezcaray.

 

Día 2: Los misterios del vino

El vino de Rioja es famoso en el mundo entero, pero poca gente conoce la importancia que el vino tiene no solo para esta Comunidad, sino para la cultura mundial en general. Un lugar increíble para conocer esto es el Museo de la Cultura del vino Dinastía Vivanco, en la bonita localidad medieval de Briones. En sus más de 4.000 metros de exposición podréis disfrutar de todo lo que el vino ha legado a la cultura y el arte desde los antiguos egipcios a modernos Picassos y conocer además los métodos de elaboración, el transporte, el embotellado, la crianza en barricas… Os recomendamos que reservéis por teléfono la visita lo antes posible porque supongo que en Semana Santa va a estar a tope y es una visita indispensable. Este museo ofrece también visita a su bodega, cursos de cata, tienda especializada, restaurante, etc.

Después de conocerlo todo sobre el vino podéis pasar a la práctica en el Barrio de la Estación de Haro, donde se concentran el grueso de las bodegas centenarias de La Rioja. Muchas de ellas tienen visitas organizadas y es muy difícil recomendar una.

Si recorréis la comarca de la Sonsierra empezando por San Vicente (veréis su iglesia y castillo desde Briones) encontraréis lagares rupestres donde se pisaba la uva a pie de campo y construcciones puntiagudas de piedra llamados guardaviñas que servían de refugio y como almacén de herramientas. También encontraréis la única iglesia templaria de La Rioja: Sta. Mª de la Piscina. En San Vicente se celebra una de las fiestas más conocidas de la Semana Santa riojana: los picaos. Estos disciplinantes anónimos se castigan la espalda con flagelos. Es impresionante y siempre hay mucha gente, por lo que si queréis verlo, tendréis que ir con mucho tiempo.

Si os gusta el deporte, una opción interesante es hacer algún tipo de actividad entre viñedos. Las hay de todo tipo y para todo tipo de personas, incluso si no se es un deportista nato: piraguas por el Ebro entre viñedos, globo sobre las viñas, paseos a pie y en bici e incluso paseos a caballo entre los viñedos. Son muy divertidas e interesantes.

Durante todo el día tendréis la oportunidad de llevaros un recuerdo de La Rioja en forma de vino, ya que todas las bodegas ofrecen sus vinos a un precio competitivo a los visitantes turísticos. También podéis visitar el taller de algún artesano que realice botas de vino o barricas.

 

Día 3: Naturaleza y Paisaje

El tercer día podéis dedicarlo a conocer la Sierra Riojana. Especialmente la Sierra de Cameros, con gran tradición ganadera y trashumante hoy reconvertida en el Parque natural de Sierra Cebollera.

Se puede empezar la visita a esta zona subiendo por la empinada carretera del Cañón del Leza. Es un cañón impresionante en el que los buitres sobrevuelan por los miradores sobre las cerradas curvas de la carretera que desde Logroño lleva a lo más alto del Camero Viejo hasta el puerto de Piqueras. En su ascensión además de pequeños pueblos verás pastar las mejores terneras riojanas e incluso, si tienes suerte, algún ciervo que se acerca a los riachuelos a beber. El pueblo de Trevijano se encuentra colgado en la parte alta del cañón y tiene unas vistas excelentes.

Después de llegar hasta Piqueras, en la localidad serrana de Lumbreras, donde encontraréis el centro de interpretación de la trashumancia, podéis bajar por el Camero Nuevo hasta llegar a Ortigosa en Cameros donde podréis visitar las Cuevas naturales descubiertas en una voladura para hacer una cantera para construir el Pantano del Rasillo.

En Villanueva de Cameros podrás conocer cómo se hacen las almazuelas, una artesanía riojana que se realiza cosiendo pequeños trocitos de tela para formar coloridas colchas o cojines, llaveros, alpargatas…

En Villoslada de Cameros encontraréis del Centro de Interpretación de Sierra Cebollera que os mostrará la belleza de este Parque Natural.

De regreso a Logroño, pasaréis por la localidad de Torrecilla en Cameros, cuna de Sagasta y capital de los Cameros.

 

Día 4: La Rioja Baja

El último día lo podéis pasar conociendo culturas ancestrales que dejaron su huella en La Rioja. Desde Calahorra, antigua Calagurris romana. Ciudad romana de gran importancia como atestiguan los restos romanos que quedan en esta localidad. Calahorra es la capital de La Rioja baja, tras recorrer su Catedral, el Museo diocesano y otros lugares de interés, no dejéis de probar en uno de sus excelentes restaurantes la verdura calagurritana en cualquiera de sus formas, desde la más tradicional a la nueva cocina. La Semana Santa en Calahorra está declarada de interés turístico nacional y podréis ver procesiones y pasos con gran tradición. 

Desde Calahorra merece la pena desplazarse a Alfaro donde llama la atención la gran cantidad de cigüeñas que se pueden ver en esta localidad. En la colegiata de Alfaro podrás descubrir la mayor colonia de cigüeña blanca de Europa.

En el centro de interpretación de la Reserva Natural de los Sotos del Ebro os explicarán por qué estas cigüeñas han elegido La Rioja para pasar la mayor parte del año y conoceréis la riqueza natural de esta zona riojana.

Siguiendo el curso del río Alhama desde Alfaro, se llega a Cervera, la capital de la Sierra oriental riojana, desde allí se accede a Contrebia – Leucade, un yacimiento arqueológico de gran interés en un asentamiento celtíbero. Allí conoceréis las formas de vida de estos antiguos habitantes de La Rioja.

Por la tarde, para recuperar fuerzas, os podéis acercar a las pozas de Arnedillo, cerca del balneario de esta localidad y que manan de la misma fuente que las aguas que cientos de turistas “toman” cada año en este establecimiento. Las pozas son más modestas, pero igual de relajantes.

Cerca de Arnedillo, en Enciso, tenéis el parque del paleoaventura de “El Barranco Perdido” y el Centro Peleontológico de Enciso, punto de partida ideal para conocer los yacimientos de huellas de dinosaurios y el lugar perfecto para pasar un día en familia donde los niños aprenderán a ser paleontólogos y disfrutarán en el parque de aventura. El paisaje rocoso de Enciso, especialmente al atardecer cuando el cielo se vuelve rojizo, te transporta a miles de años atrás cuando esta zona era una laguna arcillosa y los dinosaurios paseaban por sus orillas en busca de agua y alimento.

También, muy cerca, se encuentra el Centro Interpretación Paleontológica de Igea que tiene una colección fósil realmente impresionante, con restos únicos en el mundo. Además, es la única localidad en toda La Rioja que cuenta con un tronco fósil y su yacimiento de huellas 'La Era del Peladillo", está en los primeros puestos en el ranking en Europa en cuanto a número de huellas. Además, organiza un montón de actividades para los más pequeños en Semana Santa.

Seguro que a su paso veis muchos lugares que merecen una parada, tomároslo con tiempo. Parad y disfrutad del paisaje, de las gentes y de la hospitalidad riojana. Si no os da tiempo a hacerlo todo, no os preocupéis, La Rioja está muy cerca y estaremos encantados de que volváis a visitarnos.

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La Rioja puede ser una aventura para los niños. ¿Dónde van a encontrar dinosaurios, castillos, molinos de viento, cascadas y aventuras?

Empezaremos por descubrir a los animales más antiguos de la tierra. Los dinosaurios dejaron sus huellas en La Rioja hace miles de años y aún pueden verse. ¿Te imaginas tu mano dentro de la huella de un dinosaurio? Prueba a ver quién deja la huella más grande. 

Para entender la vida de estos animales, cómo dejaron sus huellas y, sobre todo, como han llegado a nuestros días, tenéis que visitar el Barranco Perdido, un completo parque de paleoaventura donde jugar a ser exploradores y disfrutar en familia mientras se aprende. En Enciso y en otras localidades de su alrededor se encuentran la mayoría de los yacimientos, las reproducciones a escala natural de los animales y las historias más curiosas: una lucha entre dinosaurios, una familia al completo, un dinosaurio cojo… Sí, aunque parezca mentira todo esto podrás verlo en La Rioja.

El vino también puede ser divertido para los niños, no pueden beberlo, pero pueden aprender como se hace el mosto, catarlo mientras los mayores catan vinos, ver grandes bodegas con sus depósitos de acero que parecen naves espaciales, jugar entre los viñedos, aprendiendo cómo se vendimia, cómo se cuidan las viñas… Las posibilidades son muchas y a los niños les encantará comportarse como los mayores en una cata de mostos o conocer cómo la uva se convierte en vino, un misterio ¿no?

Pero la diversión en familia no acaba aquí. ¿Sabías que La Rioja está llena de castillos? Con sus batallas famosas y todo, como la del Castillo de Clavijo, en la que apareció el famoso caballo blanco de Santiago (¿de qué color era?) para ganar la batalla. 

Entre castillos y monasterios podrás vivir cuentos medievales, de príncipes y reyes, como el Rey de Nájera – Pamplona, que estando un día de caza, avistó una paloma que le llevó a una gruta en la que encontró una imagen de la virgen, unas azucenas, una campana y una lámpara de aceite. En ese mismo lugar edificó el Monasterio de Santa María La Real de Nájera y si lo visitas con niños podrás entrar en la gruta, al fondo del panteón donde descansan los reyes.

La Rioja está llena de leyendas medievales, como la de la gallina que cantó después de asada en Santo Domingo de la Calzada, en su catedral hay un gallinero con gallinas y gallos vivos que cantan para todos los que les visitan.

También se esconde entre los bosques riojanos el pequeño monasterio de Suso (casi una ermita) donde hace muchos siglos se escribieron las primeras palabras del castellano y también en euskera, en un lateral de un libro en latín, casi como un apunte de los libros que todos usamos en la escuela.

Si lo que buscas es aventura, lo que necesitas son actividades deportivas: raquetas de nieve, bicicletas y caballos entre los viñedos, senderismo recogiendo moras o cualquier otro fruto silvestre… ¿Qué te parece más divertido?

Además en La Rioja podrás divertirte a la vez que aprender, en los centros de interpretación (de la trashumancia, de la apicultura, de la nieve, de los celtíberos, de los sotos del Ebro…), visitando un molino de viento o de agua, jugando en la Casa de Las Ciencias o disfrutando de las actividades del Museo Vivanco de la Cultura del Vino o las visitas familiares del Museo Würth de arte moderno.

¿Creías que los niños se iban a aburrir en La Rioja?
 

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Seguimos el curso del Alto Leza. De acuerdo al testamento geológico, pisamos el suelo más antiguo de toda La Rioja. Hace 120 millones de años, por aquí caminaron saurios gigantes que dejaron impresas sus huellas para siempre. En este entorno, hace unos cuantos milenios, germinaron asentamientos humanos. Todas las cimas tienen historias que son Reserva de la Biosfera. Y por las calles que habitan la Sierra, abundan los ilustres. Políticos, empresarios, religiosos, indianos. El Camero viejo no olvida.

De los veintiún pueblos que decoran estas montañas, catorce continúan habitados. Un camino curvoso nos conduce hacia el corazón del cuerpo rocoso. Alcanzamos una población con muchas caras y todas semejantes. Asoma la piedra en las plantas bajas pero más arriba crecen el adobe y la cal. Vidas uniformes. Laguna de Cameros nos recibe impoluta sobre alfombras empedradas. Por estas tierras, los nombres mudan en cada muga. Bajo nosotros, discurre el río Mayor, que en San Román es el Leza.

Laguna de Cameros

Plantamos los pies sobre la plaza José de la Cámara y Moreno, un emigrante afortunado y agradecido con su pueblo. Nos cuentan que donó las escuelas y entendemos que difícilmente podía haber mejor regalo para la mente. Entramos en una iglesia del siglo XVI construida en ofrenda a Nuestra Señora de la Asunción. El templo religioso custodia un imponente retablo barroco y una réplica de la Sábana Santa de Turín que descubre como donante a Juan Antonio de Irusta y Alonso de Tejada. La lista de laguchinos ilustres evoca instituciones nobiliarias y señores medievales. En el Museo del Solar de Tejada, nos adentramos en una de las casas privilegiadas más antiguas de España.

Ascendemos para ganar perspectiva sobre los entresijos de Laguna. Algunas chimeneas humean en silencio. Nos señalan la ruta hacia el puerto de Sancho Leza, la coyuntura entre los valles de los dos Cameros, el viejo y el nuevo. Antes de regresar sobre nuestros pasos, probamos el queso fresco de cabra autóctona que prepara aquí mismo María José González. Las abuelas cameranas inspiran a este pequeño taller artesanal.

Aquí una vez hubo hasta 1.200 habitantes. De camino a la ermita de Santo Domingo de Silos, imaginamos cómo serían las procesiones entonces. La muchedumbre tomando la montaña. Dicen que el beato cumplió penitencia en estos riscos y ese sacrificio pervive como devoción. Nos avituallamos en el Hotel-Restaurante Camero Viejo antes de enfrentarnos con la culebra de asfalto.

En San Román de Cameros, miramos hacia el suelo. Seguimos cruces, cuadrados y ramificaciones naturales a través de plazas y lavaderos. Felpudos pavimentados advierten la vida y el riguroso trabajo de unos canteros de Trevijano. Aquí, las piedras son ripios. Subimos y subimos por la 'recua'. Los ojos clavados bajo nuestros pies.

San Román de Cameros

En la plaza del olmo ya no queda ningún olmo. Nos explican que un antiguo poblado celtíbero asentado monte arriba conquistó el entorno hace miles de años. Con el tiempo, la vida fue descendiendo en círculos concéntricos. Como consecuencia, las viviendas asoman más fachada que espalda. Algunos vecinos nos recuerdan que no hace tanto los animales vivían en las plantas bajas y arriba sus dueños. El último piso era el alhorín. Usos de la cultura rural.

Paseamos entre emblemas e ilustrados. Contemplamos la casa donde nacieron los hermanos Diego y Simón de Ágreda. Las escuelas, fundadas por ellos en 1787, son las más antiguas de La Rioja con las puertas abiertas. Dentro, visitamos el museo y leemos libros de texto añejos entre pupitres y recuerdos escolares.

Nos revelan que en este pueblo se conserva el archivo del Solar de Valdeosera, casa nobiliaria omnipresente en la Sierra y que enraíza en una aldea hoy abandonada. Sabemos también que Manuel Antonio García Herreros, célebre político español del siglo XIX, nació en San Román. Entramos en la iglesia de la Asunción bajo un peculiar arco de toba caliza. En el interior, recorremos los retablos de pueblos rendidos tiempo atrás.

Desde aquí, contemplamos la aldea de Velilla, que se sostiene con vida. Nos proponen rutas por tejeras, dólmenes, hayedos y ruinas históricas; es una incitación para respirar y escuchar a la naturaleza, para imaginar hechos pretéritos y observar con atención. Pero ahora llama el hambre. En el restaurante Monterreal, todo son dudas preliminares. ¿Las alubias rojas? ¿Patatas con chorizo? ¿Quizá una ensalada? ¿Has dicho croquetas con jamón? ¿O carrilleras? ¿Y callos? ¿También manitas? El menú nos devora a nosotros.

Soto en Cameros

De nuevo, una carretera cerrada y la vista escondida. Aparece Soto en Cameros como un intrigante accidente geográfico. Zona inundable, picos y valles. Por aquí, el Leza discurre por un asombroso cañón natural. Por aquí, anduvieron dinosaurios hace millones de años. Vemos icnitas sobre piedras prehistóricas y acariciamos ese rastro geológico. El testamento emergido. Rodeamos el pueblo, que llegó a ser capital de La Rioja, por un tranquilo sendero natural que deriva en la Fuente de los Tres Caños, antiguo centro. Desde aquí, visualizamos un escenario que admitió a casi 3.000 almas en tiempos de esplendor.

Cruzamos puentes y envolvemos con nuestros pasos la iglesia de San Esteban Protomártir. Nos acecha con el semblante de una sólida fortaleza, disimulando heridas y cicatrices. En la atalaya, duerme la ermita de Nuestra Señora del Cortijo. Aquí, también nos persiguen los escudos y apellidos de plomo. El Marqués de Vallejo, Francisco Luis Vallejo Elía, Juan Adán de la Parra, los hermanos Ximénez... A estos últimos se les debe el antiguo hospital de San José, hoy un albergue con presencia esplendorosa.

Empieza a oscurecer el cielo sobre el Camero viejo. Antes de evadirnos, nos conducen hacia un taller emblemático. En 1874, Juan de Dios Redondo inició un negocio de mazapanes artesanos que ha arrastrado marca y fama hasta la actualidad. Sus bisnietas prolongan la tradición. Nos enseñan el horno de leña, una maravilla ingeniera donde cuecen las mezclas secretas de almendra, agua y azúcar. Catamos bocados naturales y otros de chocolate. Paladeamos y almacenamos el dulzor en la memoria mientras descendemos de regreso a casa.

Texto: Sergio Cuesta

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Teresa es una niña de cinco años que nos relata sus aventuras en La Rioja, a sus ojos, una tierra de cuento.

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