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Jubera

VILLA EMILIANA, es una antigua casa señorial con más de 200 años, y que hemos  restaurado nosotros mismos de forma artesanal,  dándole un aire Mediterráneo.

Situada en Jubera, tiene una localización céntrica, sin problemas de aparcamiento en la misma plaza del pueblo, enfrente del  frontón, lo que hace que sea óptima para todas las edades, ya que además de disfrutar de las comodidades de la propia casa,(piscina, barbacoa, chimenea…) los niños pueden jugar, sin peligro alguno en la plaza, y los adultos realizar diferentes actividades al aire libre, y todo ello en un ambiente de gran tranquilidad. 

Villa Emiliana, es una casa grande, alegre y acogedora, con encanto, y con un estilo y decoración marcadamente mediterránea.

En el interior posee, zonas comunes, cocina, comedor, salón con chimenea y cinco dormitorios disponibles, con un total de 18 plazas, además está equipada con calefacción central, lo que hace que junto con la chimenea el ambiente en invierno tenga la calidez ideal para una estancia muy acogedora.

El piso superior ha sido reformado al completo y las habitaciones son muy confortables y reúnen todo lo necesario para un perfecto descanso, Todas las habitaciones tienen su propio baño.   

Además en este piso hay una sala disponible para actividades y reuniones.

En el piso principal se encuentra el salón-comedor que conserva la estructura inicial de la casa. Es amplio y versátil con disponibilidad hasta para 20 personas, distribuidas en función de las necesidades. 

La cocina está completamente equipada, comunica con el salón comedor y además tiene acceso directo al jardín.  

De cara a la primavera y el verano, el espacio del jardín, con su cenador, piscina, barbacoa… hacen de Villa Emiliana la mejor alternativa de ocio tranquilo y relajante y con posibilidad de múltiples paseos y actividades en la naturaleza.

Además en el exterior junto al jardín, Villa Emiliana, cuenta con un “calado” (bodega) que le da a la casa la distinción y marca típica de La Rioja.

En Jubera no hay restaurantes ni supermercado, Pero a diario viene una furgoneta con lo básico. Pan, leche, aceite, huevos…etc.                              

Jubera

VILLA EMILIANA, es una antigua casa señorial con más de 200 años, y que hemos  restaurado nosotros mismos de forma artesanal,  dándole un aire Mediterráneo.

Situada en Jubera, tiene una localización céntrica, sin problemas de aparcamiento en la misma plaza del pueblo, enfrente del  frontón, lo que hace que sea óptima para todas las edades, ya que además de disfrutar de las comodidades de la propia casa,(piscina, barbacoa, chimenea…) los niños pueden jugar, sin peligro alguno en la plaza, y los adultos realizar diferentes actividades al aire libre, y todo ello en un ambiente de gran tranquilidad. 

Villa Emiliana, es una casa grande, alegre y acogedora, con encanto, y con un estilo y decoración marcadamente mediterránea.

En el interior posee, zonas comunes, cocina, comedor, salón con chimenea y cinco dormitorios disponibles, con un total de 18 plazas, además está equipada con calefacción central, lo que hace que junto con la chimenea el ambiente en invierno tenga la calidez ideal para una estancia muy acogedora.

El piso superior ha sido reformado al completo y las habitaciones son muy confortables y reúnen todo lo necesario para un perfecto descanso, Todas las habitaciones tienen su propio baño.   

Además en este piso hay una sala disponible para actividades y reuniones.

En el piso principal se encuentra el salón-comedor que conserva la estructura inicial de la casa. Es amplio y versátil con disponibilidad hasta para 20 personas, distribuidas en función de las necesidades. 

La cocina está completamente equipada, comunica con el salón comedor y además tiene acceso directo al jardín.  

De cara a la primavera y el verano, el espacio del jardín, con su cenador, piscina, barbacoa… hacen de Villa Emiliana la mejor alternativa de ocio tranquilo y relajante y con posibilidad de múltiples paseos y actividades en la naturaleza.

Además en el exterior junto al jardín, Villa Emiliana, cuenta con un “calado” (bodega) que le da a la casa la distinción y marca típica de La Rioja.

En Jubera no hay restaurantes ni supermercado, Pero a diario viene una furgoneta con lo básico. Pan, leche, aceite, huevos…etc.                              

En la Sierra, el tiempo gotea personas. El otoño comienza a vaciar calles y viviendas. En apenas unas semanas, los 1.200 habitantes que bullen y huyen del mundanal ruido de la ciudad se transforman en treinta. El invierno marca negativos en el termómetro y espanta la vida. La capital espera a 84 kilómetros, algunos de ellos concienzudamente sinuosos y escurridizos. La distancia. Este alejamiento lleva al desafecto, pero también conserva la tradición en formol. Canales de la Sierra nos recibe a un kilómetro de altitud, bajo la atenta mirada de la Demanda, pastos para ganado y antiguos litigios entre esta villa y Monterrubio de la Demanda (Burgos).

Pasear por el suelo silencioso de esta población despierta ecos del pasado. Una pequeña gruta lanza hacia La Rioja (y el mundo) al río Najerilla, el más importante de todos los autóctonos. Aquí, no es agua lo que falta. Allá por finales del siglo XIX y principios del XX, nos explican, la industria textil vivía un esplendor que hoy atestiguan las piedras y las palabras de viejos canaliegos. El antiguo lavadero, el secadero, la tintorería, la prensa. Tenían la fama y también cardaban la lana.

La arquitectura serrana caracteriza todo el entorno. El adobe, la piedra y los travesaños de madera conjuntan la belleza artística más rústica. Los blasones son huellas impresas de enjundias perdidas o mudadas; un orgullo histórico que representa el Palacio del ilustre Fernán González. Balcones, puertas y ventanas abren sus miradas a nuestro paso. No extrañan, sino abrazan. Algún lugareño nos acompaña e ilustra parte del trayecto con esa vieja sabiduría que pervive en la distancia. Todo son palabras limpias y auténticas.

Montaña arriba, lejos, nos dicen, los recuerdos afloran en la histórica población celta (y después romana) de Segeda Pelendonum; abajo, mientras tanto, nuestros pies continúan callejeando íntimamente las dos o tres rutas posibles de este modesto entramado. Dejamos atrás la iglesia parroquial de Santa María y continuamos hasta que una aparición nos atrapa bajo una torre cuadrangular, la 'Torre del Reloj'. En lo alto, el Papamoscas celebra las horas abriendo su boca enmascarada al son de las campanas, pero las emociones están encerradas. Dentro del edificio originalmente eclesiástico, Canales de la Sierra salvaguarda un teatro barroco con corrala de madera del siglo XVIII, el más añejo de todos los conservados en La Rioja. El espectáculo ahora es mudo, aunque el fondo es igualmente hermoso. Fantaseamos inevitablemente con interpretaciones y aplausos enlatados.

En la parte alta de la villa, descansa un mirador que nos traslada hacia el Románico. La iglesia de San Cristóbal (siglo XII) abre su admirable galería porticada con la misma naturalidad que destapan los vecinos ante los extraños. Nos vamos de Canales sabiendo que a unos ocho kilómetros, envuelta de postales altivas, la ermita de La Soledad invita a devotos y valientes senderistas.  

Descendemos cuatro kilómetros culebreando en dirección Logroño hasta llegar a la apacible Villavelayo, morada permanente de una sesentena de personas multiplicadas durante los meses de clima benigno. Es la misma ruta que sigue el Najerilla (río Canales para los de aquí) para unir su caudal con el Neila. El agua se reúne amistosamente. Las fuentes nos invitan a degustar la mezcla mientras rondamos calles y recodos escondidos de estilo serrano, el que define actitudes y costumbres por estos lares.

Hijos y nietos de la villa nos hablan de Santa Áurea, la única santa nacida en La Rioja allá por el siglo XI. La joven cuyo nombre delata el color dorado de sus cabellos, trasladó su prematura vocación a una celda estrecha del monasterio de Suso, en San Millán de la Cogolla. La recuerdan como la santa emparedada, especialmente por los versos hagiográficos que le dedicó Gonzalo de Berceo, reconocido como el primer poeta castellano que puso nombre a sus escritos. Estas líneas inmortalizaron a la beata, hoy motivo de honra para villavelayenses devotos y gentiles. En la parte alta, nos informan, una ermita la evoca vigilando la paz de sus paisanos.

Entramos en la reconstruida iglesia de Santa María, originalmente del siglo VI o VII, y actualmente una rememoracion de estilos y circunstancias (árabe, románico, barroco, neoclásico). Dentro, una pila primitiva evoca bautismos y supervivencia.

Caminamos con el estómago en alerta por Corralón, encontramos otro Palacio del insigne Fernán González, contemplamos escudos y blasones, escuchamos saludos desinteresados y alcanzamos una plaza con vistas al matrimonio fluvial. Es momento de abrigar la barriga en el bar Amado. María Ángeles recibe estómagos necesitados y ella responde con caparrones, patatas a la riojana y menestras de verduras. Con la necesidad rebajada, ella insiste con costilla guisada, manos de cerdo y bacalao a la riojana. Y nos remata con una tarta de queso sublime.

Es hora de perseguir el río, pero antes Villavelayo nos convoca para fechas más alegres donde el cachibirrio aparece como primera autoridad, una figura firme y jaranera que alimenta el folclore popular.

El agua se expande en un embalse imponente que acostumbra a sensibes rebajas estivales. La sequía prolongada hasta octubre emerge los viejos fantasmas de Mansilla de la Sierra. En 1960, el agua cubrió el antiguo emplazamiento y seiscientas almas fueron evacuadas sin remedio. Nos cuentan que intervino la Guardia Civil y muchos habitantes corrieron a rescatar sus últimos enseres con el agua trepando por las rodillas. Es difícil imaginar el trauma que la construcción de la presa supuso para los mansillanos.

Desde la carretera, nos asomamos al plano cenital de los restos. Bajamos hacia un camposanto de piedra, árboles y barro. Hasta 1.200 personas unieron sus vidas en estas calles ahora enfangadas e incluso expoliadas. Atravesamos el recuerdo de la iglesia, paseamos junto a viviendas, palacios y puentes que parecen inmortales. Nos sorprende un hilillo de agua escoltado por troncos erectos. Algunas construcciones guardan piedras muy apreciadas por los amigos de lo ajeno, que no temen a fantasmas ni respetan la memoria.

Nos señalan el antiguo emplazamiento del cuartel de la Guardia Civil, el quiosco de la plaza, otro palacio del renombrado Fernán González y nos explican que esta modesta localidad dispuso de infraestructuras para tirar el Diario El Najerilla. Los picos Gatón (2.037 metros) y Culillas (1.807) parecen encogerse frente a la vieja realidad.

Dejamos atrás la melancolía para visitar el nuevo Mansilla de la Sierra, otra villa aquejada  por la emigración (unos setenta habitantes), la distancia y las dificultades. Aquí perdura gente recia y trabajadora, ganaderos, forestales, nostálgicos. El puente de Suso nos recibe para no olvidar. En la Casa de las Siete Villas, fotografías y testimonios ensalzan los viejos tiempos que también cautivaron a Ana María Matute y la hicieron digna de adopción. Porque la académica sabía expresar, con sentimientos universalmente localizados, lo que rumian profundamente los mansillanos. Ahora, "todo está ahogado, viviente y ahogado a un tiempo, bajo esa capa de cristal verde oscuro".

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Vultures merge into the dun-coloured south-western landscape of La Rioja. Among rosemary and thyme shrubs, the footprints of long-disappeared dinosaurs run from the River Jubera to beyond the River Cidacos, among Enciso and its villages. Follow these footprints and they will lead you to a very different La Rioja, one of medicinal waters and Celtiberian, Arab and Roman remains. And as if that was not enough, the unique ecosystems of its valleys have been designated a Biosphere Reserve

The River Cidacos runs in a narrow channel to Arnedillo, where you can bathe in its medicinal waters and view the vultures close up with modern cameras from the Buitre Lookout Point.

This entire region has a highly concentrated bird population and encompasses Peñas de Arnedillo, Peñalmonte and Peña Isasa, as well as the Alcarama Range and the River Alhama, where limestone escarpments provide shelter for owls and, especially, griffon vultures. Why not climb up to the abandoned, mysteriously beautiful town of Turruncún, and watch these magnificent birds in full flight?
  
Vultures also tend to accompany rock climbers on their ascents, since in Arnedillo alone there are more than 200 climbers’ routes. If you have not yet learned how to scramble up sheer walls, you can train at the public climbing facilities in Alfaro and Autol.

This landscape is bordered to the south by Sierra de Alcarama, the highest mountain range in La Rioja Baja, standing 1,500 metres above sea level. Beneath its shadow lies a crumpled carpet of small hills crossed by the River Alhama, known as ‘the hot river’ by the Moors due to its medicinal waters. This landscape offers many interesting plays of light and shadow during the sunset hours. And where better to enjoy this spectacular show than the fascinating Celtiberian city of Contrebia Leukade.

The reservoir on the River Añamaza, a beautiful enclave nestled between high mountains, is well worth a ramble, as is the nearby Fuentestrún del Cajo Gorge.

Trees? In Sierra de Yerga you will find the Villaroya oak grove, an ideal place for enjoying a walk among sturdy holm oaks and the odd gall oak. This grove is an oasis in the otherwise arid landscape of the region, as are the oak and beech groves of Sierra de la Hez. You can find others for yourself, either on foot or by bike, along the GRs or the green trails in Cebollera, Arnedillo and Cidacos
 

Talk to the locals who will be happy to show you many more paths and trails. And keep your binoculars and magnifying glass handy at all times - you will need them to appreciate the perfect cubic pyrites at the open-air Navajún site, the most important of its kind in the world.

 

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