formularioHidden
formularioRDF
Login

 

Iniciar sesión

Panel Information

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar la experiencia de navegación y ofrecer contenidos de interés. Al continuar con la navegación entendemos que se acepta nuestra política de cookies.

All > otras rutas para todos

facetas

18 results

Mosaic of cultures

tipo de documento Artículos

 

On Sunday we suggest a unique cultural visit: The Monasteries of Suso and Yuso at San Millán de la Cogolla, World Heritage Site and cradle of the Spanish language. The Route of the Spanish Language starts off from these monasteries in La Rioja.

The Monastery of Suso, the older of the two, is situated between mountains. There, the hermits in the middle ages wrote in its scriptorium the first words in the Spanish and Basque languages. The Monastery of Yuso, is bigger and wealthier. It houses the Spanish Language Classroom and a unique library.

On the road to San Millán, you will pass Berceo, the village where Gonzalo de Berceo, the first poet of the Spanish language was born.

From San Millán, we recommend a visit to Santo Domingo de la Calzada.. Make sure to visit the Cathedral, where you will find the saint's tomb and a chicken coop! Inside the church! Ask about the miracle of the cock and chicken and you will find out why. Be sure to stroll through its streets and take a break at the Parador de Turismo, ancient Pilgrims' Hospital.

You will pass by many places that are worth stopping. Take your time. Stop and enjoy the landscape, the people and the Rioja-style hospitality. If you don't have not enough time to do it all, don't worry. La Rioja is very close and we will be delighted to welcome you back.

Remember that in La Rioja there is much to see: dinosaur tracks, colonies of storks, artisans... a day is too little. Come back soon!

...

The Rioja Alta Wine Route is prominently included among the "Wine Routes of Spain" because in this area of ​​La Rioja, the wine supply is one of the richest in the country and probably the world.

Travellers approaching the north-western part of La Rioja find a wide range of wineries to visit, tasting activities, sports among vineyards, charming hotels and, of course, great restaurants and wine bars where they can sample our excellent wine along with Rioja's delicious cuisine. Furthermore, the tourist offer is completed with one of the best wine museums in world, the Vivanco Museum of the Culture of Wine, which houses an extensive ethnographic, artistic and archaeological collection on this product that is more than a mere drink and which in ​​La Rioja becomes a culture, a way of life.

This area of ​​La Rioja has some of the most famous wine tourism celebrations, like the Haro Wine Battle, listed as an event of national interest and its sister event, the San Asensio Claret Battle.

Each town has its own wine tourism offer, from the smallest village to the capital of La Rioja Alta, Haro, with its famous Station Quarter. In the late 19th centuries, wineries were built close to the railway station. Today they are among the great names of Rioja wine, universal references. Walking through this area is like walking through history. In these ancient wineries you can see how they have evolved architecturally, artistically and, of course, in their winemaking, to become the modern winemakers we see today.

To complete your visit to this area, on the Rioja Alta Wine Route website you can find all the detailed offer along with suggestion for tourist trails which take you through some of the most beautiful vineyard scenery in the world.

...

Seguimos el curso del Alto Leza. De acuerdo al testamento geológico, pisamos el suelo más antiguo de toda La Rioja. Hace 120 millones de años, por aquí caminaron saurios gigantes que dejaron impresas sus huellas para siempre. En este entorno, hace unos cuantos milenios, germinaron asentamientos humanos. Todas las cimas tienen historias que son Reserva de la Biosfera. Y por las calles que habitan la Sierra, abundan los ilustres. Políticos, empresarios, religiosos, indianos. El Camero viejo no olvida.

De los veintiún pueblos que decoran estas montañas, catorce continúan habitados. Un camino curvoso nos conduce hacia el corazón del cuerpo rocoso. Alcanzamos una población con muchas caras y todas semejantes. Asoma la piedra en las plantas bajas pero más arriba crecen el adobe y la cal. Vidas uniformes. Laguna de Cameros nos recibe impoluta sobre alfombras empedradas. Por estas tierras, los nombres mudan en cada muga. Bajo nosotros, discurre el río Mayor, que en San Román es el Leza.

Plantamos los pies sobre la plaza José de la Cámara y Moreno, un emigrante afortunado y agradecido con su pueblo. Nos cuentan que donó las escuelas y entendemos que difícilmente podía haber mejor regalo para la mente. Entramos en una iglesia del siglo XVI construida en ofrenda a Nuestra Señora de la Asunción. El templo religioso custodia un imponente retablo barroco y una réplica de la Sábana Santa de Turín que descubre como donante a Juan Antonio de Irusta y Alonso de Tejada. La lista de laguchinos ilustres evoca instituciones nobiliarias y señores medievales. En el Museo del Solar de Tejada, nos adentramos en una de las casas privilegiadas más antiguas de España.

Ascendemos para ganar perspectiva sobre los entresijos de Laguna. Algunas chimeneas humean en silencio. Nos señalan la ruta hacia el puerto de Sancho Leza, la coyuntura entre los valles de los dos Cameros, el viejo y el nuevo. Antes de regresar sobre nuestros pasos, probamos el queso fresco de cabra autóctona que prepara aquí mismo María José González. Las abuelas cameranas inspiran a este pequeño taller artesanal.

Aquí una vez hubo hasta 1.200 habitantes. De camino a la ermita de Santo Domingo de Silos, imaginamos cómo serían las procesiones entonces. La muchedumbre tomando la montaña. Dicen que el beato cumplió penitencia en estos riscos y ese sacrificio pervive como devoción. Nos avituallamos en el Hotel-Restaurante Camero Viejo antes de enfrentarnos con la culebra de asfalto.

En San Román de Cameros, miramos hacia el suelo. Seguimos cruces, cuadrados y ramificaciones naturales a través de plazas y lavaderos. Felpudos pavimentados advierten la vida y el riguroso trabajo de unos canteros de Trevijano. Aquí, las piedras son ripios. Subimos y subimos por la 'recua'. Los ojos clavados bajo nuestros pies.

En la plaza del olmo ya no queda ningún olmo. Nos explican que un antiguo poblado celtíbero asentado monte arriba conquistó el entorno hace miles de años. Con el tiempo, la vida fue descendiendo en círculos concéntricos. Como consecuencia, las viviendas asoman más fachada que espalda. Algunos vecinos nos recuerdan que no hace tanto los animales vivían en las plantas bajas y arriba sus dueños. El último piso era el alhorín. Usos de la cultura rural.

Paseamos entre emblemas e ilustrados. Contemplamos la casa donde nacieron los hermanos Diego y Simón de Ágreda. Las escuelas, fundadas por ellos en 1787, son las más antiguas de La Rioja con las puertas abiertas. Dentro, visitamos el museo y leemos libros de texto añejos entre pupitres y recuerdos escolares.

Nos revelan que en este pueblo se conserva el archivo del Solar de Valdeosera, casa nobiliaria omnipresente en la Sierra y que enraíza en una aldea hoy abandonada. Sabemos también que Manuel Antonio García Herreros, célebre político español del siglo XIX, nació en San Román. Entramos en la iglesia de la Asunción bajo un peculiar arco de toba caliza. En el interior, recorremos los retablos de pueblos rendidos tiempo atrás.

Desde aquí, contemplamos la aldea de Velilla, que se sostiene con vida. Nos proponen rutas por tejeras, dólmenes, hayedos y ruinas históricas; es una incitación para respirar y escuchar a la naturaleza, para imaginar hechos pretéritos y observar con atención. Pero ahora llama el hambre. En el restaurante Monterreal, todo son dudas preliminares. ¿Las alubias rojas? ¿Patatas con chorizo? ¿Quizá una ensalada? ¿Has dicho croquetas con jamón? ¿O carrilleras? ¿Y callos? ¿También manitas? El menú nos devora a nosotros.

De nuevo, una carretera cerrada y la vista escondida. Aparece Soto en Cameros como un intrigante accidente geográfico. Zona inundable, picos y valles. Por aquí, el Leza discurre por un asombroso cañón natural. Por aquí, anduvieron dinosaurios hace millones de años. Vemos icnitas sobre piedras prehistóricas y acariciamos ese rastro geológico. El testamento emergido. Rodeamos el pueblo, que llegó a ser capital de La Rioja, por un tranquilo sendero natural que deriva en la Fuente de los Tres Caños, antiguo centro. Desde aquí, visualizamos un escenario que admitió a casi 3.000 almas en tiempos de esplendor.

Cruzamos puentes y envolvemos con nuestros pasos la iglesia de San Esteban Protomártir. Nos acecha con el semblante de una sólida fortaleza, disimulando heridas y cicatrices. En la atalaya, duerme la ermita de Nuestra Señora del Cortijo. Aquí, también nos persiguen los escudos y apellidos de plomo. El Marqués de Vallejo, Francisco Luis Vallejo Elía, Juan Adán de la Parra, los hermanos Ximénez... A estos últimos se les debe el antiguo hospital de San José, hoy un albergue con presencia esplendorosa.

 

Empieza a oscurecer el cielo sobre el Camero viejo. Antes de evadirnos, nos conducen hacia un taller emblemático. En 1874, Juan de Dios Redondo inició un negocio de mazapanes artesanos que ha arrastrado marca y fama hasta la actualidad. Sus bisnietas prolongan la tradición. Nos enseñan el horno de leña, una maravilla ingeniera donde cuecen las mezclas secretas de almendra, agua y azúcar. Catamos bocados naturales y otros de chocolate. Paladeamos y almacenamos el dulzor en la memoria mientras descendemos de regreso a casa.

...

A wine tourism day

tipo de documento Artículos

Our suggestion to enjoy a day around wine and culture begins in the Vivanco Museum of the Culture of Wine, in the town of Briones. This museum is an essential visit to learn how wine is made, aged and distributed. Learn all sorts of trivia about this product and discover the amazing influence of wine in cultures across the world.

Do not leave La Rioja without enjoying a walk through the vineyards, which have such special characteristics at each time of the year. If you wish you can hire the services of a guide who will explain the grape growing tasks while you walk between the vineyards. You can even get to know the vineyards by bicycle, on horseback, from a canoe or from a hot-air balloon. There are several companies in La Rioja which offer these services.


La Rioja also offers proposals of activities around wine for all tastes and budgets. We recommend that you discover our wineries, where you can learn about winemaking processes first hand and and even put your winetasting knowledge into practice. You can find more than 50 wineries who open their doors to tourists try to teach them the art of making wine. There are also entities which offer organised or custom winetasting courses.


What would wine be without food? In Calle Laurel in Logroño or the Herradura in Haro, in any village in La Rioja, you can find a bar or restaurant with tapas and other house specialities or the most exquisite cuisine, as well as full dishes like the potatoes with chorizo, or cod Riojan style, not to mention the lamb chops grilled over vine cane embers. Doesn't your mouth water?


There is still much to do and see in la Rioja. Have you thought of returning or just staying one more night? You can even sleep in a winery or a hotel or rural guest house where they can teach you more about wine through their wine tourism programmes.

...

La Rioja Baja Culture

tipo de documento Artículos

 

Time for itinerary: 1 day

We suggest one day to explore the ancient cultures that left their mark in La Rioja. From Calahorra, ancient Roman Calagurris. A Roman city of great importance as evidenced by the Roman remains left in this town. Calahorra is the capital of La Rioja Baja, after visiting the Cathedral, the Diocesan Museum and other interesting landmarks, be sure to try in one of its excellent restaurants the local vegetables in any form, from the most traditional to nouvelle cuisine.

From Calahorra, it is worthwhile to go to nearby Alfaro where you will see a large number of storks. In the Alfaro collegiate church you can find the largest colony of white storks in Europe. If you like taking pictures, do not forget your camera.

In the Sotos del Ebro Nature Reserve Interpretation Centre you can find an explanation of why these storks have chosen La Rioja to spend most of the year and learn all about the natural beauty of this part of La Rioja.

Following the course of Alhama from Alfaro, you arrive in Cervera, the capital of the eastern Rioja mountains, from there you can access the ancient celtiberian settlement of Contrebia - Leukade, an archaeological site of great interest. There you can learn about the lifestyles of these ancient inhabitants of La Rioja.

And closer to Logroño, in the Ocón Valley, you can wander through the villages in the area and take walks along the valley to visit a wind-powered flour mill that was recently recovered.

You will pass by many places that are worth stopping. Take your time. Stop and enjoy the landscape, the people and the Rioja-style hospitality. If you don't have not enough time to do it all, don't worry. La Rioja is very close and we will be delighted to welcome you back.

Some advice: if you have time, stop in Arnedo, La Rioja shoe capital and do some shopping while you visit this key Rioja town.

...

 

Alone at last !, the two of you, enjoying the food and wine, to reacquaint yourself with your partner or even to finish your conquest: Welcome to La Rioja! Where stories always have a happy ending.


For starters, charming accommodation. A small rural guest house, a wine guest house, a former convent with jacuzzi for two, the suite of a hotel in Logroño... There are many ideas, so choose the one you like and surprise your partner.

You can complete the evening with dinner for two. If you want to discover the best kept secrets of a perfect match, how about a pairing dinner? Food and wine together create the best combinations. The wine brings out the best of flavours from the food and, without wine, gastronomy seems incomplete. A lesson for life.

But romance can be found around any corner in La Rioja. You can start with a walk through the vineyards, on horseback, on foot, by bike or buggy... you choose. You can complete the morning with a tasting course for two, in a winery, in a museum, in the hotel ... and how would you like to visit a winery and have the owner teach only the two of you. Choose among the wineries that have a tourist offer, one of the small ones, and you will feel right at home. Although you will also enjoy the large ones. They are full of unique corners, some because they are over a hundred years old and others because of their avant-garde design.

To continue forging ties, nothing better than wine therapy for two. These treatments are offered by Spas in La Rioja, and they will unite you in a world of sensations, aromas and relaxation. A marvel that awakens all the senses and helps to forget every problem. A true miracle aided by the natural extracts of grape and wine.

Finally, we suggest you watch the sunset from one of the castles scattered throughout La Rioja. The sky gives La Rioja red sunsets that combine beautifully with the vineyards and beech trees in autumn.

Can you think of a better place to visit with your partner?

...

 

The Biosphere Reserve of La Rioja is a large area that occupies almost a quarter of the southeastern part of the region. It has a geographical, climatic and landscape homogeneity that gives it a very high environmental value. The Leza, Jubera, Cidacos and Alhama Valleys were listed as a World Biosphere Reserve by UNESCO on 9 July 2003.

In this area of ​​La Rioja, with successive valleys and mountains, there is a great cultural, scenic, culinary and ethnographic appeal. Discover how the ancient Celts lived by visiting the ruins of Contrebia Leukade and its interpretation centre. In this area there existed even older inhabitants, the great dinosaurs, leaving their tracks everywhere which you can now visit. You will also learn a lot about these amazing animals in the Interpretation Centre in Igea and the Palaeoadventure Park of El Barranco Perdido.

The cultural tour can be completed with a multitude of activities. These include visits to mines, snow pits, interpretation centres, caves, churches and palaces which every small town hides to offer visitors a unique experience.

To regain your strength, the local produce provides excellent oils —you can visit the oil presses— and also the most precious mycological treasure, truffles and other species in high demand. The local cuisine, as befits La Rioja, is simple, tasty and plentiful.

Nature, of course, is the highlight of this area. That is why it has been declared a Biosphere Reserve. There is a complete network of trails where you can enjoy these landscapes, flora and fauna. On this page you can choose a path to your liking.

And after so much activity, what better way to relax than to go to any of the spas found in this area so rich in thermal waters, each is indicated to improve a different ailment but you can simply enjoy the high temperatures and stress reducing properties.

If dusk surprises you in the midst of all these activities, do not worry, on the contrary. This whole area of ​​La Rioja is considered a Starlight Reserve for the quality of its starry skies. You can still enjoy the stars to start again the next day.

...

 

Autumn is an ideal time to wander the hills and valleys of La Rioja. Everything is tinged with red and yellow thanks to the beech forests and vineyards. If what you like is enjoying the landscape and nature, we suggest some special places for their beauty, their surroundings or the fun they offer visitors.

To begin, you should visit the Sierra Cebollera Nature Reserve. This reserve starts from the Sierra de Cameros and has some curious landscapes, a chapel with ancient traditions, like 'the charities' and even a park of sculptures made with landscape components. The best way to start your visit to the park is to visit the Interpretation Centre, located in Villoslada de Cameros. You will learn about the natural wealth of the reserve, its flora, fauna and all the secrets it hides.

After passing through the Nature Reserve Interpretation Centre, you can choose to visit the Transhumance Interpretation Centre, which explains the importance that this cattle practice had in this area of ​​La Rioja or go to the pretty village of Ortigosa of Cameros and visit its tourist caves. Try searching for a poodle among the stalactites and stalagmites!

You can also request information at the interpretation centres or the Cameros Tourist Office to visit a unique natural area that is close by, the Puente Ra waterfall. Water is the protagonist in this environment. Make sure your camera is ready because all the pictures that serve in this area will be eligible to appear among your favourites.

Going back towards the capital, we suggest you go off the main road to visit the Camero Viejo. This is ​​the least populated area but it retains all the charm of small mountain villages. The road turns into a succession of bends, bordering the grand canyon created by the River Leza. Do not miss the climb to the village of Trevijano, hanging over the canyon, from where you will see griffon vultures flying. You can stop in the town of Soto de Cameros, where the famous Soto Marzipans everyone here has at Christmas are made.

Ask any local what the Almazuelas are. You will be surprised by the abundance of colour.

To complete your visit to Cameros, we suggest some sports tourism. The opportunities in this area are many: hiking, biking, 4x4, canyoning, caving, paragliding ... Do you dare give it a try?
 

...

Logroño nos despide augurando tormentas, pero la Sierra nos recibe, una hora después, desterrando la lluvia. Ventrosa ensaya la mejor de sus sonrisas para recibirnos junto al puente de la Hiedra. Aquí arriba, la piedra está comprometida con la naturaleza en un matrimonio permanente.

Instantes después, nos decidimos a recorrer las vetustas arterias de la villa. Nos percatamos de que hoy subiremos y bajaremos continuamente. Rozamos con los dedos de las manos los mil metros de altitud. El barrio alto es pretérito. Por encima de nosotros, en el 'castillo', vive una torre con un reloj de cuatro esferas. Dicen los vecinos que yace sobre el espíritu de una antigua fortaleza y que bajo esa tierra aguardan antiguos tesoros. Añaden que nadie ha tenido la insana valentía de emprender tamaña búsqueda.

Miramos ventanas ínfimas por las que difícilmente penetra el frío. Todo es pétreo y gris suave en primer plano. El horizonte del cuadro, en cambio, brota multicolor. Vislumbramos hojas de azafrán, escarlatas, castañas, naranjas y pistachos. El otoño riojano es intrépido por estos lares. Todos los que por aquí habitan comparten osadía. Dentro de unas semanas, cuando el invierno despierte, lo esperarán dos decenas de personas. Al amable verano lo reciben, sin embargo, unas seiscientas.

Hijos, sobrinos y nietos del pueblo. Nos dicen que las nuevas generaciones han recuperado viejas tradiciones, como la danza de la loba. Benditos reaccionarios, pensamos en justicia mientras nos detienen frente a un añejo Rollo que impartió lecciones de muerte. Damos la espalda al humilladero y seguimos venas pedregosas que asoman intactas en cualquier esquina. Observamos las que fueron no hace tanto enérgicas escuelas (1866). El edificio nos replica en presente con una mirada envejecida. Como la herrería y la lavandería. Sombras.

Ascendemos un poco más hacia la iglesia de San Pedro y San Pablo (siglo XVIII). Antes de alcanzarla, pisamos una alfombra de hojas, algunas crujientes, otras blanduzcas, y descubrimos un rostro anónimo que ha cuidado de este templo como si fuese suyo. En el interior, descansan un bello retablo renacentista y una pila bautismal del siglo XII. 

Nos explican con tristeza permanente la intensa trashumancia que partió de Ventrosa el siglo pasado. Bebemos de la Fuente del Emigrante. Chile absorbió gran parte de la vida de este lugar. En la Casa del Maestro, los objetos toman la palabra. Esquiladoras, zurrones y yugos; aventadoras y trillos; baúles y maletas. La ganadería, la agricultura y el éxodo. Nosotros también nos vamos. En el barrio bajo, nos despedimos de la orgullosa Bendosa (siglo X) por la arbolada calle del Valle.

Descendemos unos cien metros por el asfalto entre ganado vacuno, pastizales y bosques. En menos de cinco kilómetros, estamos abajo. Antiguamente Viniegra de Yuso,  primitivamente Lutia, esta villa pace entre la Sierra de la Demanda y el Camero Nuevo, acomodada en el paisaje, bebiendo del río Urbión. Cuarenta personas respiran este aire puro durante todo el año, un número significativo en este contexto geográfico. 

Nos cuentan historias de emigrantes que hicieron fortuna y retornaron dispuestos a compartir esplendor; relatos habituales en toda la Sierra. La escuela que donó Venancio Moreno, la fuente de los Cuatro Caños que construyó Andrés Ibáñez... Levantamos la vista hacia el Cerro de la Traición mientras escuchamos que allí arriba un general romano pudo castigar severamente a los hijos de los primeros pobladores. Algunos escudos muestran hoy brazos amputados sobre la piedra.

El estilo indiano, virtuoso y ecléctico, nos recibe alrededor de la plaza de Argentina. Admiramos la conservación de las casas palaciegas, de las calles empedradas, de la naturalidad. La mampostería autóctona convive sin rasgaduras con el señorío americano. Abundan los bancos de piedra y huertas olvidadas por habitantes discontinuos.

Nos cuentan que monte arriba levita la ermita de Santiago, aunque nosotros conocemos en persona a la de La Soledad, más próxima. Visitamos la majestuosa casa de Enrique Villar. Él hace tiempo que no está, así que nos contentamos con admirar la fachada e imaginar el interior en tiempos lustrosos. La iglesia de la Asunción, del siglo XVI, nos saca los colores con su sillería rojiza. La atmósfera delata un pasado espléndido.

Paramos ahora en la casa de Irene. Ella sí está, así que entramos y nos dejamos hacer. Manos arriba, caparrones; abajo, menestras. Arriba, carrilleras; abajo, bacalao. Arriba, torrijas; arriba, natillas; abajo, la copa especial. Saciadas las dudas y ejercitadas las extremidades, bajamos entre calles en calma hasta la carretera. Y entonces empezamos a subir de nuevo. Algunas vacas nos contemplan con arrogancia, como si el asfalto, además del campo, también fuese suyo.

Estamos muy arriba (1.181 metros), entre las sierras de San Lorenzo y Urbión, y el cielo escupe sobre nosotros. Cruzamos el río Hormazal y nos escondemos en la ermita de Santa María Magdalena mientras escampa. Caminamos entre nogales y niños en bicicleta que guían nuestra ruta sobre puentes y entre arquitectura popular. En el collado de San Miguel, aseguran, hubo un asentamiento romano durante el siglo I.

En apenas unas semanas, aquí no habrá más de una docena de personas. Durante unos meses, Viniegra de Arriba (de Suso) es solamente suyo. Dentro de la iglesia de la Asunción (siglo XV), nos convencemos de esa placidez invernal. Fuera, escuchamos el agua correr como si fuese conocimiento. La escuela cerró hace cincuenta años, pero todavía conserva retazos: pupitres, libros de estudio, ilustraciones didácticas, fotografías. Nos acompañan hijos y nietos de aquellos alumnos.

Paseamos por el barrio de San Vicente, donde una imagen del santo (1.794) duerme en un muro de piedra. El cielo azulea y la luz despierta a los llamadores. Nos fijamos en uno con forma de media luna (la casa de los Moros) que sobrevive al clima y la avaricia. Regresamos al mismo asfalto, los mismos árboles, las mismas vacas. Cruzamos en silencio Viniegra de Abajo apuntando hacia Logroño.

Una última parada. La misma que antiguamente cumplían caminantes, trashumantes, tratantes y comerciantes. La que hoy siguen honrando viajeros, cazadores, pescadores y senderistas. Junto al río Neila, cruce de caminos en el Alto Najerilla, la Venta de Goyo restituye estómagos y sueños desde principios del siglo XX. Un último bocado de alta montaña. Un último trago de agua serrana. Y un último vistazo mientras atardece y seguimos resbalando hacia la llanura. Allá abajo.

...

Debemos cruzar Treviana. Debemos franquear esta puerta de entrada hacia los siglos XI, XII y XIII si queremos acceder al interior del románico riojano. Al otro lado, nos aguarda un escenario de colores congénitos atenuados, de antiguas mugas y bastiones defensivos erigidos por la naturaleza durante millones de años. Desde Treviana, avistamos las dentelladas de los montes Obarenes; el norte nos sobrevuela desgarrado por la roca. Desde aquí, también adivinamos el curso del río Tirón, que insemina de vida a las tierras del sur.

Recorremos un silencio de plomo sobre puentes arcaicos, bajo vuelos rapaces y entre árboles, ermitas, capillas e iglesias añejas. Pisamos la sangre derramada por cristianos y musulmanes durante dos siglos de lucha; avanzamos en medio de un pulso por la hegemonía peninsular mientras rememoramos batallas, alianzas y victorias. El terruño nos habla y nos cuenta que el mundo no expiró en el año 1.000 (tampoco en el 2.000), como muchos temían; y que la paz compareció, finalmente, en favor de los castellanos (1.177).

Interpretamos nuestra excursión en el Centro del Románico, situado en el corazón de Treviana, junto a la iglesia de Santa María La Mayor. Nos explican que en aquellos tiempos de peregrinación hacia Jerusalén, Roma o Santiago de Compostela, la fe difundió culturas y tendencias a través de estos caminos religiosos. El románico viajó así por toda Europa occidental, ramificando técnicas y empapando conciencias; evocando un pasado romano esplendoroso.

Meditamos sobre los canteros y su intransferible habilidad para hacer que las piedras hablen. Las dovelas nos demuestran cómo perviven los arcos una vez que escapan de las cimbras. Observamos fachadas, pilas bautismales y tallas marianas nacidas aquí, apreciando semejanzas estilísticas y divergencias temporales.

Todavía no abandonamos Treviana. A las afueras de la localidad, la capilla inconclusa de la Concepción se nos presenta sola. Nos saludan desde lo alto sus canecillos y los capiteles nos acechan firmes en la cabecera, única parte completa del proyecto original. El viento runrunea a sus anchas sobre esta llanura e irrumpe en un interior abierto que delata retrasos, suspensiones y añadidos muy posteriores, circunstancias bastante ordinarias en cualquier plan de obra. La ermita de Junquera nos despide a unos cuantos cientos metros de las últimas viviendas, también vestida de épocas dispares. La cabecera, como en la Concepción, persiste románica.

Nos cuentan que en San Millán de Yécora nació, allá por el siglo XIII, una pila bautismal que reposa actualmente en la iglesia de los Santos Mártires de Calahorra; entretanto, ascendemos hacia el gran murallón natural que son los Obarenes, cada vez más colosales.

El grosor de los muros convierte los umbrales en accesos privilegiados. Entramos en la iglesia de San Román, en Villaseca. Abruptamente, desaparece la luz. El alabastro que cubre las aspilleras cauteriza el ábside y atenúa la claridad exterior, quedando la estancia protegida, íntima y húmeda, mientras paseamos las miradas alrededor. Imaginamos a hombres medievales orando en silencio entre las sombras y fantaseamos con murales coloristas que ya no existen.

En el vecino Castilseco, descubrimos otra memoria del siglo XII. Dentro de la iglesia de San Julián, nuestros ojos sobrevuelan la bóveda de cañón apuntada que cubre el anteábside y el arco triunfal (también apuntado) que separa nave y presbiterio. Escuchamos en silencio a la piedra, que tantas historias nos quiere relatar.

Ya estamos tocando las montañas. En Foncea, lo que queda de la ermita de Santa María de Arcefoncea evoca el antiguo poblado de Arce, extinguido por obra de la peste entre los siglos XIV y XV. Saltamos hacia Cellorigo, un enclave estratégico que fue regado con sangre de musulmanes y cristianos entre los años 882 y 883. Paseamos por ruinas prerrománicas en la ermita de Santa María del Barrio, abrazados a los Obarenes, y nos aplicamos oteando el llano, como hacían los antiguos para prevenir visitas. Tras otro brinco, nos plantamos en la iglesia de San Esteban, en Galbárruli, un recuerdo románico tardío, casi gótico.

El castillo de Sajazarra asoma en la estepa como custodia de la iglesia de Santa María de la Asunción. Dentro del templo, reclaman nuestra atención la cabecera rectangular, las arquivoltas baquetonadas, las impostas abiseladas y los arcos fajones. Muy cerca, en Fonzaleche, honramos a la iglesia de San Martín, el modelo románico más antiguo de la cuenca del Tirón (mediados del siglo XII).

Cerco al Tirón

Descendemos a Tormantos, Leiva y Herramélluri, donde la expresión artística ha disimulado sus huellas hurgando en la frontera castellanoleonesa; y perseguimos el río Tirón. En el pórtico de la iglesia de San Esteban, en Tormantos, una piedra sillar nos recita una inscripción lapidaria románica. Algunos estudiosos piensan que el nombre de Leiva deriva de la antigua ciudad romana de Libia. La sombra de su castillo (siglo XV) nos escolta en dirección Herramélluri, donde otra  iglesia de San Esteban da cobijo a una pila bautismal medieval.

El curso del agua nos aproxima a Ochánduri, donde la iglesia de Santa María de La Concepción se revela como un impresionante legado del románico tardío (finales del siglo XII, comienzos del XIII). Sobre la nave de tres tramos, originalmente de madera, cabalgan ahora bóvedas de crucería del siglo XVI.

Asentada sobre una amplia explanada, la ermita de Santa María de Sorejana combate vientos y tempestades en los alrededores de Cuzcurrita de Río Tirón, a unos metros del cauce. El templo, resultado de dos fases constructivas bien diferenciadas, una tardorrománica y otra plenamente gótica, nos abre un gran pórtico de entrada en el muro sur, enmarcado en siete arquivoltas apuntadas.

Navegamos hasta Tirgo. En la iglesia de El Salvador, identificamos con claridad algunos de los elementos arquitectónicos más característicos del románico riojano: el arco triunfal, las bóvedas de cañón y de cuarto de esfera, las ventanas de medio punto y los múltiples postizos.

Vadeamos el río Tirón para curiosear la ermita de San Román de Ajugarte, en Casalarreina, que nos divisa desde su imponente espadaña. Más arriba, cruzamos el puente del Priorato, en Cihuri, conformado por dos bellos arcos y un aliviadero; y nos inclinamos ante la pila bautismal de Anguciana, procedente de la ermita de Santa María de la Oreca y hoy guarecida en la iglesia parroquial de San Martín.

El Tirón se agota en Haro, devorado por el Ebro, pero el viaje no finaliza aquí. El románico multiplica paradas y prolonga caminos más allá de los mapas. En nuestras mentes, los templos perduran íntegros y saturados de vida medieval.

Texto: Sergio Cuesta

...

Pisamos tierra firme, pero nos alcanza el combate de las olas contra los cascos. Escuchamos historias de necesidad, naufragios y viajes interminables a través del oceáno Atlántico. Nos hablan de navieras con apellidos hidalgos y riojanos, como los Martínez de Pinillos, y de muchos emigrantes que buscaron las Américas. Daniel Viguri Treviño fue uno de ellos. Pagó 9.890 pesetas para navegar desde Bilbao hasta Buenos Aires en el buque Monte Udala, de la naviera Aznar. Su éxodo data del 21 de julio de 1959.

Convento franciscano en el siglo XVIII, escuela, cine y ahora Centro de la Emigración. Un edificio con almas. Dentro, hablan los que se fueron. Las causas nacen en Anguiano, en Brieva, en Ortigosa, en Viniegra de Abajo, en Villoslada, en Torrecilla... La crisis y las ausencias. Regresan sus palabras cargadas de plomo con las emociones intactas. El pasado duele dentro... Aquellos tiempos cuando las laderas estaban teñidas de lana y los telares no daban abasto; cuando las reses eran riqueza para todos; cuando el pueblo entero abrazaba las costumbres; cuando la renta pér cápita de Cameros repuntaba en Europa.

Esta localidad se alimentó de la mesta durante siglos muy prósperos. Las calles de Torrecilla en Cameros descubren aquellos maravillosos años. Por estos lares, los apellidos pesan. Avistamos la casa donde nació José Antonio Manso de Velasco, el Conde de Superunda, y desenmascaramos emblemas y benefactores a cada paso. La piedra y el esplendor se apoderan de todo. La sillería crece hasta levantar la iglesia de San Martín, del siglo XVI. En el interior, escudriñamos dieciséis metros cuadrados de seda, oro y plata; un palio ofrendado por el Conde en el siglo XVIII. Días barrocos.

Desde la ermita de San Antón, acechamos los barrios de El Campillo, San Martín y Barruelos. El Iregua salpica de fuentes cada descanso. Aquí, el agua se embotella. Y la fama  fluye salvaje. Entre apellidos con pedigrí, descolla el de Sagasta. Nos abren las puertas del ayuntamiento para recorrer los hitos de Práxedes Mateo, torrecillano, ingeniero, periodista, masón y presidente del Gobierno español en varios ocasiones a finales del siglo XIX.

Nos señalan senderos y caminos naturales hacia Nieva de Cameros, hacia Pradillo, hacia Viguera, hacia Cueva Lóbrega, mientras abandonamos un instante fotográfico. Al fondo de un callejón pétreo y perfecto, los bosques destiñen un carmesí inhabitual entre los comunes pardos, amarillos y verdes del otoño. Bajo un sol contratado, retomamos el asfalto hacia Villoslada de Cameros. En el trayecto, nos desprendemos pacíficamente de vacas y senderistas.

Unos minutos más arriba, por encima de los mil metros, late el corazón del Parque Natural Sierra de Cebollera, envuelto en pinares, hayedos y rebollos que renacen sobre los antiguos pastos. Una popular feria ganadera evoca en el presente aquellas huellas merinas que perviven en la cultura popular. Los ríos Mayor e Iregua maridan entre la piedra, el adobe, los escudos y la cultura. Nos dicen que Villoslada fue el pueblo con menos analfabetismo de La Rioja en 1920 porque la educación era obligatoria para los zagales que salían a pastorear. Nos lo cuentan mientras ascendemos hacia las escuelas, en la parte alta del callejero.

Las casas 'de los chilenos' retrotraen a los años duros, cuando hubo que marcharse para buscar un retorno dorado. La arquitectura que conservan es recia y refinada. Empalmamos rampas y virajes. Cerca de la cima, nos secuestra un mirador bucólico y una mesa repleta de condumio artesano. Invita la familia de La Ermita de Lomos de Orio. La otra, la que alimenta almas pías y adopta romerías, aguarda a nueve kilómetros de la población, en uno de los enclaves más hermosos de La Rioja. 

Junto al Centro de Interpretación, circundamos antiguos círculos de piedra donde los cameranos trillaban el trigo no hace tanto. En el interior, nos aleccionan sobre la flora autóctona. Oteamos montes lejanos y distinguimos sus capas. Los pinares, más resistentes, habitan las alturas; las hayas cubren el suelo más abajo, mucho más frondosas; mientras, los robles rebollos completan las laderas sobre una base más diversa y rica. El renacimiento natural.

Nos señalan La Blanca, La Mesa, la dirección hacia el Achichuelo, pero nosotros avanzamos hacia la plaza, aparcando esos planes para escapadas venideras. Miramos a los ojos a la antigua fábrica de paños (siglos XVIII), rastro de la prosperidad, decenas de empleados y telares; y nos aplicamos en el presente. Ahora nos encañonan unas alubias con sacramentos, unas patatas con chorizo, unos conejos guisados, flanes, natillas,  arroces con leche. El bar restaurante Corona nos sabe añejo.

Entre Villoslada de Cameros y Lumbreras llegaron a reunir más de doscientas mil cabezas de ganado en las faldas de la Sierra. Las ovejas merinas cubrían las faldas de las montañas. Hoy vislumbramos unas cuantas motas blanquecinas jugueteando en la amplitud salvaje. Devoramos una carretera que asciende hacia nuestra última parada, localizada sobre un meandro del Iregua, entre hayas, arces, abedules y más rastros de hidalguía.

Memorizamos calles y viviendas hermanadas antes de atrevernos con la iglesia de San Bartolomé (siglo XVI), un templo enorme donde vive un fastuoso órgano del siglo XVIII. Ascendemos hacia la ermita de la Virgen de la Torre, una curiosa edificación aposentada sobre un antiguo enclave celtíbero. Distinguimos tres piezas adosadas. La primera, una torre vigía; la segunda, un santuario; y la tercera, una casa de juntas. Aquí arriba, todas las imágenes son panorámicas. Encuadramos la vista hacia las ermitas de San Martín y el Santo Cristo, hacia el parque de aventura, hacia antiguas construcciones semiocultas.

De nuevo en movimiento, nos presentan la casa de Fernández de Tejada como la más hidalga de todas las reconocidas y respondemos con un vistazo respetuoso hacia el buen gusto que por aquí tanto abunda. Desciframos escudos y piedras labradas. Nos evadimos por calles discretas y nos detenemos frente a unas viviendas melancólicas. Nos explican que en ellas realojaron a gran parte de los vecinos que habitaron la antigua aldea de Pajares, hoy un embalse próximo.

Pisamos el asfalto de salida, aunque, en realidad, trotamos a caballo sobre la antigua ruta romana que une Lumbreras y Villoslada; nos apresuramos hacia Torrecilla y cruzamos Nestares, Panzares, Viguera e Islallana. En Logroño, tomamos un autobús hacia Bilbao. Y ya en el puerto vizcaíno, compramos los billetes y esperamos en silencio mientras otros conversan sobre maletas perdidas en alta mar. A bordo del mastodonte de acero, nos internamos en un horizonte de bruma y vaivenes serranos.

...

Brieva de Cameros aparece de repente entre el manto verde. Estamos escondidos en el Valle del Najerilla, junto a un asentamiento que une el río Berrinche con el bravo nacimiento del Brieva. Mientras paseamos por calles serenas, a ratos casi intactas, nos dicen que a unos cuantos cientos de metros el agua brota del suelo como si fuese una aparición. Más allá, asciende una ruta, que en realidad es un reto, hacia Cabezo del Santo, la cumbre que sonríe sobre nosotros (1.854 metros). 

La naturaleza se apodera del tiempo mientras caminamos junto a la corriente. El entorno evoca tópicos entre los urbanitas. Es una postal viva de la Sierra. Aquí, la vida es piedra, madera y agua. Y el conjunto es limpio, simple y bello, incluso envidiable. Nos cuentan que el apellido de Brieva es accidental, un retazo para diferenciarse de otras poblaciones españolas con nombre idéntico. A principios del siglo pasado, había más de 1.200 coincidencias. 

No estamos en Cameros, pero oriundos del lugar nos explican que Brieva perteneció al Señorío de Cameros hace unos cuantos siglos. Quizá por ahí fueran los tiros. La plaza es un enclave evocador. Por un lado, nos observa un hermoso ayuntamiento, obra del riojano Agapito del Valle. Por el otro, la iglesia de San Miguel (siglos XV-XVI) nos acecha orgullosa. Presume de haber albergado y protegido la imagen de la virgen de Valvanera durante 46 años (1.839-1.885), mientras el monasterio renovaba un interior ruinoso. Las dos miradas intimidan junto a una fuente estrepitosa y una escalinata que nos parece guiar de regreso al pasado. Es entonces cuando nos hablan de Pedro Duro y Benito, uno de los cortezudos más ilustres, fundador a mediados del siglo diecinueve de la que sería poco después la primera industria metalúrgica del país. 

Mirando alrededor es inevitable recrear escenas pastoriles perdidas. Hoy en día es más nostalgia que realidad. Las cañadas marcan los trazos de la trashumancia desde el rancho de esquileo, un museo que rinde espacio y homenaje a la cultura que sigue impregnando estos pastos. 

Seguimos la ruta hacia el Camero Nuevo y despedimos a las tres decenas de habitantes que permanecen impávidos ante la llamada del invierno. Vislumbramos un cortado que anuncia el Valle del Iregua, pero antes cruzamos entre un rebaño de ovejas merinas que siguen alimentándose del paisaje. En un instante, los ladridos de dos imponentes mastines escoltan las distancias y nosotros nos sumergimos en una carretera ribeteada en plenas montañas. Nos dicen que este hábitat es ideal para los buitres.

La carretera se vuelve tensa frente a la primera fotografía de Ortigosa de Cameros, asentada sobre un despeñadero que encoge el río Albercos y fracciona los barrios de San Miguel y San Martín. La arquitectura camerana se abre paso entre calles empedradas y viviendas de postín. El comercio lanar rentó alto hace un siglo y contribuyó a un desarrollo próspero de sus antiguos moradores. La Casa Grande nos enseña piedra sillar del siglo dieciséis y evoca una honda grandeza. Es hora de aperitivos y nos detenemos en Patés El Robledillo, inciativa de supervivencia rural que nos presenta la vigorosa Antonia. Todavía paladeamos algunos de sus productos mientras buscamos saciar el apetito con mayor contundencia. El restaurante El Casino nos brinda pochas, espárragos, bacalao y carrilleras; y nos ofrenda con una alineación final de flanes caseros: de queso, de café, de huevo...

Embolsados los alimentos, nos aguardan las cuevas más famosas de La Rioja. Observamos en el altivo camino el embalse de González Lacasa, denominado aquí pantano de Ortigosa y entregado un poco más allá a El Rasillo. Precisamente la construcción de la presa concluyó en el hallazgo subterráneo, hace poco más de medio siglo. La antigua cantera horadó el Macizo del Encinedo y descubrió las bocas naturales de la Paz y de la Viña. Penetramos en la primera con la misión de evitar resbalones, estalagmitas y estalactitas. Somos los invitados de una vivienda estrecha que comprime el paso por caprichos de la geología. Nos hablan de pisolitos mientras señalan en múltiples paredes un acné pétreo y expansivo. Sorteamos columnas que fingen ser cerosas, pisamos con cuidado, esquivamos y callamos durante 236 metros de corredor. El silencio natural es contagioso. Salimos sobre la cantera, con la vista forrada de pinares, hayedos, carrascas, rebollos y quejigos.

Entre la diversidad de inmensos bosques, avistamos el azul del embalse. Descendemos hacia La Viña, otra gruta hacia tiempos inmemoriales. El origen se remonta 160 millones de años atrás. Dentro, fantaseamos con siluetas que aparecen como caballitos de mar, mandíbulas de tiranosaurio o candelabros animados. La acción del agua es perpetua en estas burbujas de aire húmedo. Retomamos la carretera hacia El Rasillo imaginando los ascensos hacia El Robledillo y Canto Hincado. Un abrazo con la naturaleza.

Casi de inmediato, nos sentimos ilustremente recibidos en El Rasillo. Nos dicen que quien bautizó este presumido enclave tenía bastante guasa. Nuestro trayecto sube y baja hasta que  nos topamos con el insigne anfitrión: el olmo de montañaMás de cuatrocientos años sobreviviendo a los Cameros y a la grafiosis. En su lucha permanente se inspira la estirpe camerana. Pensamos en el olmo cuando nos abren la iglesia parroquial a la que da sombra. Nuestra Señora la Virgen de las Heras todavía conserva tramos del templo original del siglo dieciséis. Memorias compartidas con el viejo árbol. Muchas de ellas perviven acristaladas a unos cuantos pasos de distancia en el museo de Victoriano Labiano

Probamos la miel de la sierra en la Mielería de Cameros, un establecimiento museístico en el que debemos degustar y escuchar. Asumimos la trascendencia de las abejas en nuestras vidas mientras cambiamos la piedra por la hierba. Un nombre nos alerta antes de abandonar las últimas casas: "Achóndite". Es un barranco, pero también invoca a una bruja en el imaginario popular; una que consiguió huir de Zugarramurdi y echar raíces en el precipicio. Las leyendas revisten la realidad; la hacen más divertida. 

Nosotros nos volvemos a cubrir de arbustos y pinares de repoblación mientras descendemos hacia el pantano. Celebramos la irrupción natural de algunos robles, el bosque original, y el atrevimiento de un pequeño sapo autóctono que comparte nuestra ruta durante unos breves instantes. Continuamos descendiendo sobre una alfombra blanda que nos lleva hacia el club náutico. La orilla está deshabitada y rebajada en pleno octubre, pero en verano crece y abraza a múltiples bañistas. 

Atardece y brilla el otoño alrededor cuando decidimos regresar. Nos acordamos de los mastines, de los pisolitos y del olmo centenario. La naturaleza nos sacude una y otra vez mientras creemos irnos hacia nuestras casas.

...

Find

facetas