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Seguimos el curso del Alto Leza. De acuerdo al testamento geológico, pisamos el suelo más antiguo de toda La Rioja. Hace 120 millones de años, por aquí caminaron saurios gigantes que dejaron impresas sus huellas para siempre. En este entorno, hace unos cuantos milenios, germinaron asentamientos humanos. Todas las cimas tienen historias que son Reserva de la Biosfera. Y por las calles que habitan la Sierra, abundan los ilustres. Políticos, empresarios, religiosos, indianos. El Camero viejo no olvida.

De los veintiún pueblos que decoran estas montañas, catorce continúan habitados. Un camino curvoso nos conduce hacia el corazón del cuerpo rocoso. Alcanzamos una población con muchas caras y todas semejantes. Asoma la piedra en las plantas bajas pero más arriba crecen el adobe y la cal. Vidas uniformes. Laguna de Cameros nos recibe impoluta sobre alfombras empedradas. Por estas tierras, los nombres mudan en cada muga. Bajo nosotros, discurre el río Mayor, que en San Román es el Leza.

Laguna de Cameros

Plantamos los pies sobre la plaza José de la Cámara y Moreno, un emigrante afortunado y agradecido con su pueblo. Nos cuentan que donó las escuelas y entendemos que difícilmente podía haber mejor regalo para la mente. Entramos en una iglesia del siglo XVI construida en ofrenda a Nuestra Señora de la Asunción. El templo religioso custodia un imponente retablo barroco y una réplica de la Sábana Santa de Turín que descubre como donante a Juan Antonio de Irusta y Alonso de Tejada. La lista de laguchinos ilustres evoca instituciones nobiliarias y señores medievales. En el Museo del Solar de Tejada, nos adentramos en una de las casas privilegiadas más antiguas de España.

Ascendemos para ganar perspectiva sobre los entresijos de Laguna. Algunas chimeneas humean en silencio. Nos señalan la ruta hacia el puerto de Sancho Leza, la coyuntura entre los valles de los dos Cameros, el viejo y el nuevo. Antes de regresar sobre nuestros pasos, probamos el queso fresco de cabra autóctona que prepara aquí mismo María José González. Las abuelas cameranas inspiran a este pequeño taller artesanal.

Aquí una vez hubo hasta 1.200 habitantes. De camino a la ermita de Santo Domingo de Silos, imaginamos cómo serían las procesiones entonces. La muchedumbre tomando la montaña. Dicen que el beato cumplió penitencia en estos riscos y ese sacrificio pervive como devoción. Nos avituallamos en el Hotel-Restaurante Camero Viejo antes de enfrentarnos con la culebra de asfalto.

En San Román de Cameros, miramos hacia el suelo. Seguimos cruces, cuadrados y ramificaciones naturales a través de plazas y lavaderos. Felpudos pavimentados advierten la vida y el riguroso trabajo de unos canteros de Trevijano. Aquí, las piedras son ripios. Subimos y subimos por la 'recua'. Los ojos clavados bajo nuestros pies.

San Román de Cameros

En la plaza del olmo ya no queda ningún olmo. Nos explican que un antiguo poblado celtíbero asentado monte arriba conquistó el entorno hace miles de años. Con el tiempo, la vida fue descendiendo en círculos concéntricos. Como consecuencia, las viviendas asoman más fachada que espalda. Algunos vecinos nos recuerdan que no hace tanto los animales vivían en las plantas bajas y arriba sus dueños. El último piso era el alhorín. Usos de la cultura rural.

Paseamos entre emblemas e ilustrados. Contemplamos la casa donde nacieron los hermanos Diego y Simón de Ágreda. Las escuelas, fundadas por ellos en 1787, son las más antiguas de La Rioja con las puertas abiertas. Dentro, visitamos el museo y leemos libros de texto añejos entre pupitres y recuerdos escolares.

Nos revelan que en este pueblo se conserva el archivo del Solar de Valdeosera, casa nobiliaria omnipresente en la Sierra y que enraíza en una aldea hoy abandonada. Sabemos también que Manuel Antonio García Herreros, célebre político español del siglo XIX, nació en San Román. Entramos en la iglesia de la Asunción bajo un peculiar arco de toba caliza. En el interior, recorremos los retablos de pueblos rendidos tiempo atrás.

Desde aquí, contemplamos la aldea de Velilla, que se sostiene con vida. Nos proponen rutas por tejeras, dólmenes, hayedos y ruinas históricas; es una incitación para respirar y escuchar a la naturaleza, para imaginar hechos pretéritos y observar con atención. Pero ahora llama el hambre. En el restaurante Monterreal, todo son dudas preliminares. ¿Las alubias rojas? ¿Patatas con chorizo? ¿Quizá una ensalada? ¿Has dicho croquetas con jamón? ¿O carrilleras? ¿Y callos? ¿También manitas? El menú nos devora a nosotros.

Soto en Cameros

De nuevo, una carretera cerrada y la vista escondida. Aparece Soto en Cameros como un intrigante accidente geográfico. Zona inundable, picos y valles. Por aquí, el Leza discurre por un asombroso cañón natural. Por aquí, anduvieron dinosaurios hace millones de años. Vemos icnitas sobre piedras prehistóricas y acariciamos ese rastro geológico. El testamento emergido. Rodeamos el pueblo, que llegó a ser capital de La Rioja, por un tranquilo sendero natural que deriva en la Fuente de los Tres Caños, antiguo centro. Desde aquí, visualizamos un escenario que admitió a casi 3.000 almas en tiempos de esplendor.

Cruzamos puentes y envolvemos con nuestros pasos la iglesia de San Esteban Protomártir. Nos acecha con el semblante de una sólida fortaleza, disimulando heridas y cicatrices. En la atalaya, duerme la ermita de Nuestra Señora del Cortijo. Aquí, también nos persiguen los escudos y apellidos de plomo. El Marqués de Vallejo, Francisco Luis Vallejo Elía, Juan Adán de la Parra, los hermanos Ximénez... A estos últimos se les debe el antiguo hospital de San José, hoy un albergue con presencia esplendorosa.

Empieza a oscurecer el cielo sobre el Camero viejo. Antes de evadirnos, nos conducen hacia un taller emblemático. En 1874, Juan de Dios Redondo inició un negocio de mazapanes artesanos que ha arrastrado marca y fama hasta la actualidad. Sus bisnietas prolongan la tradición. Nos enseñan el horno de leña, una maravilla ingeniera donde cuecen las mezclas secretas de almendra, agua y azúcar. Catamos bocados naturales y otros de chocolate. Paladeamos y almacenamos el dulzor en la memoria mientras descendemos de regreso a casa.

Texto: Sergio Cuesta

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Debemos cruzar Treviana. Debemos franquear esta puerta de entrada hacia los siglos XI, XII y XIII si queremos acceder al interior del románico riojano. Al otro lado, nos aguarda un escenario de colores congénitos atenuados, de antiguas mugas y bastiones defensivos erigidos por la naturaleza durante millones de años. Desde Treviana, avistamos las dentelladas de los montes Obarenes; el norte nos sobrevuela desgarrado por la roca. Desde aquí, también adivinamos el curso del río Tirón, que insemina de vida a las tierras del sur.

Recorremos un silencio de plomo sobre puentes arcaicos, bajo vuelos rapaces y entre árboles, ermitas, capillas e iglesias añejas. Pisamos la sangre derramada por cristianos y musulmanes durante dos siglos de lucha; avanzamos en medio de un pulso por la hegemonía peninsular mientras rememoramos batallas, alianzas y victorias. El terruño nos habla y nos cuenta que el mundo no expiró en el año 1.000 (tampoco en el 2.000), como muchos temían; y que la paz compareció, finalmente, en favor de los castellanos (1.177).

 Capilla Románica de la Concepción, Treviana.

Interpretamos nuestra excursión en el Centro del Románico, situado en el corazón de Treviana, junto a la iglesia de Santa María La Mayor. Nos explican que en aquellos tiempos de peregrinación hacia Jerusalén, Roma o Santiago de Compostela, la fe difundió culturas y tendencias a través de estos caminos religiosos. El románico viajó así por toda Europa occidental, ramificando técnicas y empapando conciencias; evocando un pasado romano esplendoroso.

Meditamos sobre los canteros y su intransferible habilidad para hacer que las piedras hablen. Las dovelas nos demuestran cómo perviven los arcos una vez que escapan de las cimbras. Observamos fachadas, pilas bautismales y tallas marianas nacidas aquí, apreciando semejanzas estilísticas y divergencias temporales.

Centro del románico "Rioja románica"

Todavía no abandonamos Treviana. A las afueras de la localidad, la capilla inconclusa de la Concepción se nos presenta sola. Nos saludan desde lo alto sus canecillos y los capiteles nos acechan firmes en la cabecera, única parte completa del proyecto original. El viento runrunea a sus anchas sobre esta llanura e irrumpe en un interior abierto que delata retrasos, suspensiones y añadidos muy posteriores, circunstancias bastante ordinarias en cualquier plan de obra. La ermita de Junquera nos despide a unos cuantos cientos de metros de las últimas viviendas, también vestida de épocas dispares. La cabecera, como en la Concepción, persiste románica.

Nos cuentan que en San Millán de Yécora nació, allá por el siglo XIII, una pila bautismal que reposa actualmente en la iglesia de los Santos Mártires de Calahorra; entretanto, ascendemos hacia el gran murallón natural que son los Obarenes, cada vez más colosales.

Iglesia Románica de San Román, en Villaseca.

El grosor de los muros convierte los umbrales en accesos privilegiados. Entramos en la iglesia de San Román, en Villaseca. Abruptamente, desaparece la luz. El alabastro que cubre las aspilleras cauteriza el ábside y atenúa la claridad exterior, quedando la estancia protegida, íntima y húmeda, mientras paseamos las miradas alrededor. Imaginamos a hombres medievales orando en silencio entre las sombras y fantaseamos con murales coloristas que ya no existen.

En el vecino Castilseco, descubrimos otra memoria del siglo XII. Dentro de la iglesia de San Julián, nuestros ojos sobrevuelan la bóveda de cañón apuntada que cubre el anteábside y el arco triunfal (también apuntado) que separa nave y presbiterio. Escuchamos en silencio a la piedra, que tantas historias nos quiere relatar.

Iglesia Románica de San Julián de Castilseco

Ya estamos tocando las montañas. En Foncea, lo que queda de la ermita de Santa María de Arcefoncea evoca el antiguo poblado de Arce, extinguido por obra de la peste entre los siglos XIV y XV. Saltamos hacia Cellorigo, un enclave estratégico que fue regado con sangre de musulmanes y cristianos entre los años 882 y 883. Paseamos por ruinas prerrománicas en la ermita de Santa María del Barrio, abrazados a los Obarenes, y nos aplicamos oteando el llano, como hacían los antiguos para prevenir visitas. Tras otro brinco, nos plantamos en la iglesia de San Esteban, en Galbárruli, un recuerdo románico tardío, casi gótico.

El castillo de Sajazarra asoma en la estepa como custodia de la iglesia de Santa María de la Asunción. Dentro del templo, reclaman nuestra atención la cabecera rectangular, las arquivoltas baquetonadas, las impostas abiseladas y los arcos fajones. Muy cerca, en Fonzaleche, honramos a la iglesia de San Martín, el modelo románico más antiguo de la cuenca del Tirón (mediados del siglo XII).

Cerco al Tirón

Descendemos a Tormantos, Leiva y Herramélluri, donde la expresión artística ha disimulado sus huellas hurgando en la frontera castellanoleonesa; y perseguimos el río Tirón. En el pórtico de la iglesia de San Esteban, en Tormantos, una piedra sillar nos recita una inscripción lapidaria románica. Algunos estudiosos piensan que el nombre de Leiva deriva de la antigua ciudad romana de Libia. La sombra de su castillo (siglo XV) nos escolta en dirección Herramélluri, donde otra  iglesia de San Esteban da cobijo a una pila bautismal medieval.

El curso del agua nos aproxima a Ochánduri, donde la iglesia de Santa María de La Concepción se revela como un impresionante legado del románico tardío (finales del siglo XII, comienzos del XIII). Sobre la nave de tres tramos, originalmente de madera, cabalgan ahora bóvedas de crucería del siglo XVI.

 Pila bautismal Románica de Leiva

Asentada sobre una amplia explanada, la ermita de Santa María de Sorejana combate vientos y tempestades en los alrededores de Cuzcurrita de Río Tirón, a unos metros del cauce. El templo, resultado de dos fases constructivas bien diferenciadas, una tardorrománica y otra plenamente gótica, nos abre un gran pórtico de entrada en el muro sur, enmarcado en siete arquivoltas apuntadas.

Navegamos hasta Tirgo. En la iglesia de El Salvador, identificamos con claridad algunos de los elementos arquitectónicos más característicos del románico riojano: el arco triunfal, las bóvedas de cañón y de cuarto de esfera, las ventanas de medio punto y los múltiples postizos.

Iglesia Románica de Tirgo

Vadeamos el río Tirón para curiosear la ermita de San Román de Ajugarte, en Casalarreina, que nos divisa desde su imponente espadaña. Más arriba, cruzamos el puente del Priorato, en Cihuri, conformado por dos bellos arcos y un aliviadero; y nos inclinamos ante la pila bautismal de Anguciana, procedente de la ermita de Santa María de la Oreca y hoy guarecida en la iglesia parroquial de San Martín.

El Tirón se agota en Haro, devorado por el Ebro, pero el viaje no finaliza aquí. El románico multiplica paradas y prolonga caminos más allá de los mapas. En nuestras mentes, los templos perduran íntegros y saturados de vida medieval.

Texto: Sergio Cuesta

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Pisamos tierra firme, pero nos alcanza el combate de las olas contra los cascos. Escuchamos historias de necesidad, naufragios y viajes interminables a través del oceáno Atlántico. Nos hablan de navieras con apellidos hidalgos y riojanos, como los Martínez de Pinillos, y de muchos emigrantes que buscaron las Américas. Daniel Viguri Treviño fue uno de ellos. Pagó 9.890 pesetas para navegar desde Bilbao hasta Buenos Aires en el buque Monte Udala, de la naviera Aznar. Su éxodo data del 21 de julio de 1959.

Convento franciscano en el siglo XVIII, escuela, cine y ahora Centro de la Emigración. Un edificio con almas. Dentro, hablan los que se fueron. Las causas nacen en Anguiano, en Brieva, en Ortigosa, en Viniegra de Abajo, en Villoslada, en Torrecilla... La crisis y las ausencias. Regresan sus palabras cargadas de plomo con las emociones intactas. El pasado duele dentro... Aquellos tiempos cuando las laderas estaban teñidas de lana y los telares no daban abasto; cuando las reses eran riqueza para todos; cuando el pueblo entero abrazaba las costumbres; cuando la renta pér cápita de Cameros repuntaba en Europa.

Esta localidad se alimentó de la mesta durante siglos muy prósperos. Las calles de Torrecilla en Cameros descubren aquellos maravillosos años. Por estos lares, los apellidos pesan. Avistamos la casa donde nació José Antonio Manso de Velasco, el Conde de Superunda, y desenmascaramos emblemas y benefactores a cada paso. La piedra y el esplendor se apoderan de todo. La sillería crece hasta levantar la iglesia de San Martín, del siglo XVI. En el interior, escudriñamos dieciséis metros cuadrados de seda, oro y plata; un palio ofrendado por el Conde en el siglo XVIII. Días barrocos.

Centro de la Emigración Riojana en Torrecilla de Cameros.

Desde la ermita de San Antón, acechamos los barrios de El Campillo, San Martín y Barruelos. El Iregua salpica de fuentes cada descanso. Aquí, el agua se embotella. Y la fama  fluye salvaje. Entre apellidos con pedigrí, descolla el de Sagasta. Nos abren las puertas del ayuntamiento para recorrer los hitos de Práxedes Mateo, torrecillano, ingeniero, periodista, masón y presidente del Gobierno español en varios ocasiones a finales del siglo XIX.

Nos señalan senderos y caminos naturales hacia Nieva de Cameros, hacia Pradillo, hacia Viguera, hacia Cueva Lóbrega, mientras abandonamos un instante fotográfico. Al fondo de un callejón pétreo y perfecto, los bosques destiñen un carmesí inhabitual entre los comunes pardos, amarillos y verdes del otoño. Bajo un sol contratado, retomamos el asfalto hacia Villoslada de Cameros. En el trayecto, nos desprendemos pacíficamente de vacas y senderistas.

Unos minutos más arriba, por encima de los mil metros, late el corazón del Parque Natural Sierra de Cebollera, envuelto en pinares, hayedos y rebollos que renacen sobre los antiguos pastos. Una popular feria ganadera evoca en el presente aquellas huellas merinas que perviven en la cultura popular. Los ríos Mayor e Iregua maridan entre la piedra, el adobe, los escudos y la cultura. Nos dicen que Villoslada fue el pueblo con menos analfabetismo de La Rioja en 1920 porque la educación era obligatoria para los zagales que salían a pastorear. Nos lo cuentan mientras ascendemos hacia las escuelas, en la parte alta del callejero.

Cascada de Puente Ra en el Parque Natural de Sierra Cebollera. Foto: Daniel Acevedo

Las casas 'de los chilenos' retrotraen a los años duros, cuando hubo que marcharse para buscar un retorno dorado. La arquitectura que conservan es recia y refinada. Empalmamos rampas y virajes. Cerca de la cima, nos secuestra un mirador bucólico y una mesa repleta de condumio artesano. Invita la familia de La Ermita de Lomos de Orio. La otra, la que alimenta almas pías y adopta romerías, aguarda a nueve kilómetros de la población, en uno de los enclaves más hermosos de La Rioja. 

Junto al Centro de Interpretación, circundamos antiguos círculos de piedra donde los cameranos trillaban el trigo no hace tanto. En el interior, nos aleccionan sobre la flora autóctona. Oteamos montes lejanos y distinguimos sus capas. Los pinares, más resistentes, habitan las alturas; las hayas cubren el suelo más abajo, mucho más frondosas; mientras, los robles rebollos completan las laderas sobre una base más diversa y rica. El renacimiento natural.

Nos señalan La Blanca, La Mesa, la dirección hacia el Achichuelo, pero nosotros avanzamos hacia la plaza, aparcando esos planes para escapadas venideras. Miramos a los ojos a la antigua fábrica de paños (siglos XVIII), rastro de la prosperidad, decenas de empleados y telares; y nos aplicamos en el presente. Ahora nos encañonan unas alubias con sacramentos, unas patatas con chorizo, unos conejos guisados, flanes, natillas,  arroces con leche. El bar restaurante Corona nos sabe añejo.

Entre Villoslada de Cameros y Lumbreras llegaron a reunir más de doscientas mil cabezas de ganado en las faldas de la Sierra. Las ovejas merinas cubrían las faldas de las montañas. Hoy vislumbramos unas cuantas motas blanquecinas jugueteando en la amplitud salvaje. Devoramos una carretera que asciende hacia nuestra última parada, localizada sobre un meandro del Iregua, entre hayas, arces, abedules y más rastros de hidalguía.

Parque Aventura "Sierra de Cameros" en Lumbreras.

Memorizamos calles y viviendas hermanadas antes de atrevernos con la iglesia de San Bartolomé (siglo XVI), un templo enorme donde vive un fastuoso órgano del siglo XVIII. Ascendemos hacia la ermita de la Virgen de la Torre, una curiosa edificación aposentada sobre un antiguo enclave celtíbero. Distinguimos tres piezas adosadas. La primera, una torre vigía; la segunda, un santuario; y la tercera, una casa de juntas. Aquí arriba, todas las imágenes son panorámicas. Encuadramos la vista hacia las ermitas de San Martín y el Santo Cristo, hacia el parque de aventura, hacia antiguas construcciones semiocultas.

De nuevo en movimiento, nos presentan la casa de Fernández de Tejada como la más hidalga de todas las reconocidas y respondemos con un vistazo respetuoso hacia el buen gusto que por aquí tanto abunda. Desciframos escudos y piedras labradas. Nos evadimos por calles discretas y nos detenemos frente a unas viviendas melancólicas. Nos explican que en ellas realojaron a gran parte de los vecinos que habitaron la antigua aldea de Pajares, hoy un embalse próximo.

Pisamos el asfalto de salida, aunque, en realidad, trotamos a caballo sobre la antigua ruta romana que une Lumbreras y Villoslada; nos apresuramos hacia Torrecilla y cruzamos Nestares, Panzares, Viguera e Islallana. En Logroño, tomamos un autobús hacia Bilbao. Y ya en el puerto vizcaíno, compramos los billetes y esperamos en silencio mientras otros conversan sobre maletas perdidas en alta mar. A bordo del mastodonte de acero, nos internamos en un horizonte de bruma y vaivenes serranos.

Texto: Sergio Cuesta

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Logroño nos despide augurando tormentas, pero la Sierra nos recibe, una hora después, desterrando la lluvia. Ventrosa ensaya la mejor de sus sonrisas para recibirnos junto al puente de la Hiedra. Aquí arriba, la piedra está comprometida con la naturaleza en un matrimonio permanente.

Instantes después, nos decidimos a recorrer las vetustas arterias de la villa. Nos percatamos de que hoy subiremos y bajaremos continuamente. Rozamos con los dedos de las manos los mil metros de altitud. El barrio alto es pretérito. Por encima de nosotros, en el 'castillo', vive una torre con un reloj de cuatro esferas. Dicen los vecinos que yace sobre el espíritu de una antigua fortaleza y que bajo esa tierra aguardan antiguos tesoros. Añaden que nadie ha tenido la insana valentía de emprender tamaña búsqueda.

Miramos ventanas ínfimas por las que difícilmente penetra el frío. Todo es pétreo y gris suave en primer plano. El horizonte del cuadro, en cambio, brota multicolor. Vislumbramos hojas de azafrán, escarlatas, castañas, naranjas y pistachos. El otoño riojano es intrépido por estos lares. Todos los que por aquí habitan comparten osadía. Dentro de unas semanas, cuando el invierno despierte, lo esperarán dos decenas de personas. Al amable verano lo reciben, sin embargo, unas seiscientas.

Hijos, sobrinos y nietos del pueblo. Nos dicen que las nuevas generaciones han recuperado viejas tradiciones, como la danza de la loba. Benditos reaccionarios, pensamos en justicia mientras nos detienen frente a un añejo Rollo que impartió lecciones de muerte. Damos la espalda al humilladero y seguimos venas pedregosas que asoman intactas en cualquier esquina. Observamos las que fueron no hace tanto enérgicas escuelas (1866). El edificio nos replica en presente con una mirada envejecida. Como la herrería y la lavandería. Sombras.

Puente de Hiedra (Ventrosa)

Ascendemos un poco más hacia la iglesia de San Pedro y San Pablo (siglo XVIII). Antes de alcanzarla, pisamos una alfombra de hojas, algunas crujientes, otras blanduzcas, y descubrimos un rostro anónimo que ha cuidado de este templo como si fuese suyo. En el interior, descansan un bello retablo renacentista y una pila bautismal del siglo XII. 

Nos explican con tristeza permanente la intensa trashumancia que partió de Ventrosa el siglo pasado. Bebemos de la Fuente del Emigrante. Chile absorbió gran parte de la vida de este lugar. En la Casa del Maestro, los objetos toman la palabra. Esquiladoras, zurrones y yugos; aventadoras y trillos; baúles y maletas. La ganadería, la agricultura y el éxodo. Nosotros también nos vamos. En el barrio bajo, nos despedimos de la orgullosa Bendosa (siglo X) por la arbolada calle del Valle.

Descendemos unos cien metros por el asfalto entre ganado vacuno, pastizales y bosques. En menos de cinco kilómetros, estamos abajo. Antiguamente Viniegra de Yuso,  primitivamente Lutia, esta villa pace entre la Sierra de la Demanda y el Camero Nuevo, acomodada en el paisaje, bebiendo del río Urbión. Cuarenta personas respiran este aire puro durante todo el año, un número significativo en este contexto geográfico. 

Nos cuentan historias de emigrantes que hicieron fortuna y retornaron dispuestos a compartir esplendor; relatos habituales en toda la Sierra. La escuela que donó Venancio Moreno, la fuente de los Cuatro Caños que construyó Andrés Ibáñez... Levantamos la vista hacia el Cerro de la Traición mientras escuchamos que allí arriba un general romano pudo castigar severamente a los hijos de los primeros pobladores. Algunos escudos muestran hoy brazos amputados sobre la piedra.

Casa de estilo indiano (Viniegra de Abajo)

El estilo indiano, virtuoso y ecléctico, nos recibe alrededor de la plaza de Argentina. Admiramos la conservación de las casas palaciegas, de las calles empedradas, de la naturalidad. La mampostería autóctona convive sin rasgaduras con el señorío americano. Abundan los bancos de piedra y huertas olvidadas por habitantes discontinuos.

Nos cuentan que monte arriba levita la ermita de Santiago, aunque nosotros conocemos en persona a la de La Soledad, más próxima. Visitamos la majestuosa casa de Enrique Villar. Él hace tiempo que no está, así que nos contentamos con admirar la fachada e imaginar el interior en tiempos lustrosos. La iglesia de la Asunción, del siglo XVI, nos saca los colores con su sillería rojiza. La atmósfera delata un pasado espléndido.

Paramos ahora en la casa de Irene. Ella sí está, así que entramos y nos dejamos hacer. Manos arriba, caparrones; abajo, menestras. Arriba, carrilleras; abajo, bacalao. Arriba, torrijas; arriba, natillas; abajo, la copa especial. Saciadas las dudas y ejercitadas las extremidades, bajamos entre calles en calma hasta la carretera. Y entonces empezamos a subir de nuevo. Algunas vacas nos contemplan con arrogancia, como si el asfalto, además del campo, también fuese suyo.

Estamos muy arriba (1.181 metros), entre las sierras de San Lorenzo y Urbión, y el cielo escupe sobre nosotros. Cruzamos el río Hormazal y nos escondemos en la ermita de Santa María Magdalena mientras escampa. Caminamos entre nogales y niños en bicicleta que guían nuestra ruta sobre puentes y entre arquitectura popular. En el collado de San Miguel, aseguran, hubo un asentamiento romano durante el siglo I.

Viniegra de Arriba

En apenas unas semanas, aquí no habrá más de una docena de personas. Durante unos meses, Viniegra de Arriba (de Suso) es solamente suyo. Dentro de la iglesia de la Asunción (siglo XV), nos convencemos de esa placidez invernal. Fuera, escuchamos el agua correr como si fuese conocimiento. La escuela cerró hace cincuenta años, pero todavía conserva retazos: pupitres, libros de estudio, ilustraciones didácticas, fotografías. Nos acompañan hijos y nietos de aquellos alumnos.

Paseamos por el barrio de San Vicente, donde una imagen del santo (1.794) duerme en un muro de piedra. El cielo azulea y la luz despierta a los llamadores. Nos fijamos en uno con forma de media luna (la casa de los Moros) que sobrevive al clima y la avaricia. Regresamos al mismo asfalto, los mismos árboles, las mismas vacas. Cruzamos en silencio Viniegra de Abajo apuntando hacia Logroño.

Una última parada. La misma que antiguamente cumplían caminantes, trashumantes, tratantes y comerciantes. La que hoy siguen honrando viajeros, cazadores, pescadores y senderistas. Junto al río Neila, cruce de caminos en el Alto Najerilla, la Venta de Goyo restituye estómagos y sueños desde principios del siglo XX. Un último bocado de alta montaña. Un último trago de agua serrana. Y un último vistazo mientras atardece y seguimos resbalando hacia la llanura. Allá abajo.

Texto: Sergio Cuesta

 

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En la Sierra, el tiempo gotea personas. El otoño comienza a vaciar calles y viviendas. En apenas unas semanas, los 1.200 habitantes que bullen y huyen del mundanal ruido de la ciudad se transforman en treinta. El invierno marca negativos en el termómetro y espanta la vida. La capital espera a 84 kilómetros, algunos de ellos concienzudamente sinuosos y escurridizos. La distancia. Este alejamiento lleva al desafecto, pero también conserva la tradición en formol. Canales de la Sierra nos recibe a un kilómetro de altitud, bajo la atenta mirada de la Demanda, pastos para ganado y antiguos litigios entre esta villa y Monterrubio de la Demanda (Burgos).

Pasear por el suelo silencioso de esta población despierta ecos del pasado. Una pequeña gruta lanza hacia La Rioja (y el mundo) al río Najerilla, el más importante de todos los autóctonos. Aquí, no es agua lo que falta. Allá por finales del siglo XIX y principios del XX, nos explican, la industria textil vivía un esplendor que hoy atestiguan las piedras y las palabras de viejos canaliegos. El antiguo lavadero, el secadero, la tintorería, la prensa. Tenían la fama y también cardaban la lana.

La arquitectura serrana caracteriza todo el entorno. El adobe, la piedra y los travesaños de madera conjuntan la belleza artística más rústica. Los blasones son huellas impresas de enjundias perdidas o mudadas; un orgullo histórico que representa el Palacio del ilustre Fernán González. Balcones, puertas y ventanas abren sus miradas a nuestro paso. No extrañan, sino abrazan. Algún lugareño nos acompaña e ilustra parte del trayecto con esa vieja sabiduría que pervive en la distancia. Todo son palabras limpias y auténticas.

Iglesia de San Cristóbal (siglo XII)

Montaña arriba, lejos, nos dicen, los recuerdos afloran en la histórica población celta (y después romana) de Segeda Pelendonum; abajo, mientras tanto, nuestros pies continúan callejeando íntimamente las dos o tres rutas posibles de este modesto entramado. Dejamos atrás la iglesia parroquial de Santa María y continuamos hasta que una aparición nos atrapa bajo una torre cuadrangular, la 'Torre del Reloj'. En lo alto, el Papamoscas celebra las horas abriendo su boca enmascarada al son de las campanas, pero las emociones están encerradas. Dentro del edificio originalmente eclesiástico, Canales de la Sierra salvaguarda un teatro barroco con corrala de madera del siglo XVIII, el más añejo de todos los conservados en La Rioja. El espectáculo ahora es mudo, aunque el fondo es igualmente hermoso. Fantaseamos inevitablemente con interpretaciones y aplausos enlatados.

En la parte alta de la villa, descansa un mirador que nos traslada hacia el Románico. La iglesia de San Cristóbal (siglo XII) abre su admirable galería porticada con la misma naturalidad que destapan los vecinos ante los extraños. Nos vamos de Canales sabiendo que a unos ocho kilómetros, envuelta de postales altivas, la ermita de La Soledad invita a devotos y valientes senderistas.  

Descendemos cuatro kilómetros culebreando en dirección Logroño hasta llegar a la apacible Villavelayo, morada permanente de una sesentena de personas multiplicadas durante los meses de clima benigno. Es la misma ruta que sigue el Najerilla (río Canales para los de aquí) para unir su caudal con el Neila. El agua se reúne amistosamente. Las fuentes nos invitan a degustar la mezcla mientras rondamos calles y recodos escondidos de estilo serrano, el que define actitudes y costumbres por estos lares.

Hijos y nietos de la villa nos hablan de Santa Áurea, la única santa nacida en La Rioja allá por el siglo XI. La joven cuyo nombre delata el color dorado de sus cabellos, trasladó su prematura vocación a una celda estrecha del monasterio de Suso, en San Millán de la Cogolla. La recuerdan como la santa emparedada, especialmente por los versos hagiográficos que le dedicó Gonzalo de Berceo, reconocido como el primer poeta castellano que puso nombre a sus escritos. Estas líneas inmortalizaron a la beata, hoy motivo de honra para villavelayenses devotos y gentiles. En la parte alta, nos informan, una ermita la evoca vigilando la paz de sus paisanos.

Villavelayo

Entramos en la reconstruida iglesia de Santa María, originalmente del siglo VI o VII, y actualmente una rememoracion de estilos y circunstancias (árabe, románico, barroco, neoclásico). Dentro, una pila primitiva evoca bautismos y supervivencia.

Caminamos con el estómago en alerta por Corralón, encontramos otro Palacio del insigne Fernán González, contemplamos escudos y blasones, escuchamos saludos desinteresados y alcanzamos una plaza con vistas al matrimonio fluvial. Es momento de abrigar la barriga en el bar Amado. María Ángeles recibe estómagos necesitados y ella responde con caparrones, patatas a la riojana y menestras de verduras. Con la necesidad rebajada, ella insiste con costilla guisada, manos de cerdo y bacalao a la riojana. Y nos remata con una tarta de queso sublime.

Es hora de perseguir el río, pero antes Villavelayo nos convoca para fechas más alegres donde el cachibirrio aparece como primera autoridad, una figura firme y jaranera que alimenta el folclore popular.

El agua se expande en un embalse imponente que acostumbra a sensibes rebajas estivales. La sequía prolongada hasta octubre emerge los viejos fantasmas de Mansilla de la Sierra. En 1960, el agua cubrió el antiguo emplazamiento y seiscientas almas fueron evacuadas sin remedio. Nos cuentan que intervino la Guardia Civil y muchos habitantes corrieron a rescatar sus últimos enseres con el agua trepando por las rodillas. Es difícil imaginar el trauma que la construcción de la presa supuso para los mansillanos.

Mansilla de la Sierra

Desde la carretera, nos asomamos al plano cenital de los restos. Bajamos hacia un camposanto de piedra, árboles y barro. Hasta 1.200 personas unieron sus vidas en estas calles ahora enfangadas e incluso expoliadas. Atravesamos el recuerdo de la iglesia, paseamos junto a viviendas, palacios y puentes que parecen inmortales. Nos sorprende un hilillo de agua escoltado por troncos erectos. Algunas construcciones guardan piedras muy apreciadas por los amigos de lo ajeno, que no temen a fantasmas ni respetan la memoria.

Nos señalan el antiguo emplazamiento del cuartel de la Guardia Civil, el quiosco de la plaza, otro palacio del renombrado Fernán González y nos explican que esta modesta localidad dispuso de infraestructuras para tirar el Diario El Najerilla. Los picos Gatón (2.037 metros) y Culillas (1.807) parecen encogerse frente a la vieja realidad.

Dejamos atrás la melancolía para visitar el nuevo Mansilla de la Sierra, otra villa aquejada  por la emigración (unos setenta habitantes), la distancia y las dificultades. Aquí perdura gente recia y trabajadora, ganaderos, forestales, nostálgicos. El puente de Suso nos recibe para no olvidar. En la Casa de las Siete Villas, fotografías y testimonios ensalzan los viejos tiempos que también cautivaron a Ana María Matute y la hicieron digna de adopción. Porque la académica sabía expresar, con sentimientos universalmente localizados, lo que rumian profundamente los mansillanos. Ahora, "todo está ahogado, viviente y ahogado a un tiempo, bajo esa capa de cristal verde oscuro".

Texto: Sergio Cuesta

 

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Brieva de Cameros aparece de repente entre el manto verde. Estamos escondidos en el Valle del Najerilla, junto a un asentamiento que une el río Berrinche con el bravo nacimiento del Brieva. Mientras paseamos por calles serenas, a ratos casi intactas, nos dicen que a unos cuantos cientos de metros el agua brota del suelo como si fuese una aparición. Más allá, asciende una ruta, que en realidad es un reto, hacia Cabezo del Santo, la cumbre que sonríe sobre nosotros (1.854 metros). 

La naturaleza se apodera del tiempo mientras caminamos junto a la corriente. El entorno evoca tópicos entre los urbanitas. Es una postal viva de la Sierra. Aquí, la vida es piedra, madera y agua. Y el conjunto es limpio, simple y bello, incluso envidiable. Nos cuentan que el apellido de Brieva es accidental, un retazo para diferenciarse de otras poblaciones españolas con nombre idéntico. A principios del siglo pasado, había más de 1.200 coincidencias. 

No estamos en Cameros, pero oriundos del lugar nos explican que Brieva perteneció al Señorío de Cameros hace unos cuantos siglos. Quizá por ahí fueran los tiros. La plaza es un enclave evocador. Por un lado, nos observa un hermoso ayuntamiento, obra del riojano Agapito del Valle. Por el otro, la iglesia de San Miguel (siglos XV-XVI) nos acecha orgullosa. Presume de haber albergado y protegido la imagen de la virgen de Valvanera durante 46 años (1.839-1.885), mientras el monasterio renovaba un interior ruinoso. Las dos miradas intimidan junto a una fuente estrepitosa y una escalinata que nos parece guiar de regreso al pasado. Es entonces cuando nos hablan de Pedro Duro y Benito, uno de los cortezudos más ilustres, fundador a mediados del siglo diecinueve de la que sería poco después la primera industria metalúrgica del país.

Brieva de Cameros

Mirando alrededor es inevitable recrear escenas pastoriles perdidas. Hoy en día es más nostalgia que realidad. Las cañadas marcan los trazos de la trashumancia desde el rancho de esquileo, un museo que rinde espacio y homenaje a la cultura que sigue impregnando estos pastos. 

Seguimos la ruta hacia el Camero Nuevo y despedimos a las tres decenas de habitantes que permanecen impávidos ante la llamada del invierno. Vislumbramos un cortado que anuncia el Valle del Iregua, pero antes cruzamos entre un rebaño de ovejas merinas que siguen alimentándose del paisaje. En un instante, los ladridos de dos imponentes mastines escoltan las distancias y nosotros nos sumergimos en una carretera ribeteada en plenas montañas. Nos dicen que este hábitat es ideal para los buitres.

La carretera se vuelve tensa frente a la primera fotografía de Ortigosa de Cameros, asentada sobre un despeñadero que encoge el río Albercos y fracciona los barrios de San Miguel y San Martín. La arquitectura camerana se abre paso entre calles empedradas y viviendas de postín. El comercio lanar rentó alto hace un siglo y contribuyó a un desarrollo próspero de sus antiguos moradores. La Casa Grande nos enseña piedra sillar del siglo dieciséis y evoca una honda grandeza. Es hora de aperitivos y nos detenemos en Patés El Robledillo, inciativa de supervivencia rural que nos presenta la vigorosa Antonia. Todavía paladeamos algunos de sus productos mientras buscamos saciar el apetito con mayor contundencia. El restaurante El Casino nos brinda pochas, espárragos, bacalao y carrilleras; y nos ofrenda con una alineación final de flanes caseros: de queso, de café, de huevo...

Cuevas de Ortigosa

Embolsados los alimentos, nos aguardan las cuevas más famosas de La Rioja. Observamos en el altivo camino el embalse de González Lacasa, denominado aquí pantano de Ortigosa y entregado un poco más allá a El Rasillo. Precisamente la construcción de la presa concluyó en el hallazgo subterráneo, hace poco más de medio siglo. La antigua cantera horadó el Macizo del Encinedo y descubrió las bocas naturales de la Paz y de la Viña. Penetramos en la primera con la misión de evitar resbalones, estalagmitas y estalactitas. Somos los invitados de una vivienda estrecha que comprime el paso por caprichos de la geología. Nos hablan de pisolitos mientras señalan en múltiples paredes un acné pétreo y expansivo. Sorteamos columnas que fingen ser cerosas, pisamos con cuidado, esquivamos y callamos durante 236 metros de corredor. El silencio natural es contagioso. Salimos sobre la cantera, con la vista forrada de pinares, hayedos, carrascas, rebollos y quejigos.

Entre la diversidad de inmensos bosques, avistamos el azul del embalse. Descendemos hacia La Viña, otra gruta hacia tiempos inmemoriales. El origen se remonta 160 millones de años atrás. Dentro, fantaseamos con siluetas que aparecen como caballitos de mar, mandíbulas de tiranosaurio o candelabros animados. La acción del agua es perpetua en estas burbujas de aire húmedo. Retomamos la carretera hacia El Rasillo imaginando los ascensos hacia El Robledillo y Canto Hincado. Un abrazo con la naturaleza.

Casi de inmediato, nos sentimos ilustremente recibidos en El Rasillo. Nos dicen que quien bautizó este presumido enclave tenía bastante guasa. Nuestro trayecto sube y baja hasta que  nos topamos con el insigne anfitrión: el olmo de montañaMás de cuatrocientos años sobreviviendo a los Cameros y a la grafiosis. En su lucha permanente se inspira la estirpe camerana. Pensamos en el olmo cuando nos abren la iglesia parroquial a la que da sombra. Nuestra Señora la Virgen de las Heras todavía conserva tramos del templo original del siglo dieciséis. Memorias compartidas con el viejo árbol. Muchas de ellas perviven acristaladas a unos cuantos pasos de distancia en el museo de Victoriano Labiano

Club Náutico de "El Rasillo"

Probamos la miel de la sierra en la Mielería de Cameros, un establecimiento museístico en el que debemos degustar y escuchar. Asumimos la trascendencia de las abejas en nuestras vidas mientras cambiamos la piedra por la hierba. Un nombre nos alerta antes de abandonar las últimas casas: "Achóndite". Es un barranco, pero también invoca a una bruja en el imaginario popular; una que consiguió huir de Zugarramurdi y echar raíces en el precipicio. Las leyendas revisten la realidad; la hacen más divertida. 

Nosotros nos volvemos a cubrir de arbustos y pinares de repoblación mientras descendemos hacia el pantano. Celebramos la irrupción natural de algunos robles, el bosque original, y el atrevimiento de un pequeño sapo autóctono que comparte nuestra ruta durante unos breves instantes. Continuamos descendiendo sobre una alfombra blanda que nos lleva hacia el club náutico. La orilla está deshabitada y rebajada en pleno octubre, pero en verano crece y abraza a múltiples bañistas. 

Atardece y brilla el otoño alrededor cuando decidimos regresar. Nos acordamos de los mastines, de los pisolitos y del olmo centenario. La naturaleza nos sacude una y otra vez mientras creemos irnos hacia nuestras casas.

Texto: Sergio Cuesta

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El Dinobús tendrá tres fechas de salida: 1,15 y 29 de abril de la Oficina de Turismo de La Rioja (Escuelas Trevijano, C/ Portales, 50), a partir de las diez horas de la mañana.

Durante la mañana, los participantes disfrutarán de una visita guiada al Centro de Interpretación Paleontológica de La Rioja en Igea y de un paseo guiado por los escudos y edificios emblemáticos de la villa. A mediodía, almuerzo riojano y por la tarde, el Dinobús seguirá su recorrido, que incluirá la visita al tronco fósil de Igea y las huellas del yacimiento de la Era del Peladillo.

El centro de interpretación paleontológica de La Rioja, nació como museo escolar y hoy es, gracias al esfuerzo colectivo y su situación en una zona privilegiada con gran cantidad de yacimientos, un referente en la investigación y didáctica en La Rioja. Los visitantes pueden repasar los legados naturales del pasado; ver restos únicos, como la mandíbula y la pata de un Baryonyx, uno de los esqueletos más completos de España de su especie, con 74 piezas óseas del veloz y pequeño herbívoro Hysilphodon Foxii.

Después, el grupo podrá admirar a través de un paseo por el municipio los escudos y edificios emblemáticos de la villa. Ya por la tarde, se visitará el tronco fósil de Igea, un tronco de árbol fosilizado de 120 millones de años en el que se distinguen los nudos, y que está considerado como uno de los valores patrimoniales principales de la región. Esta conífera, de 11 metros, conserva su estructura original y está situada a 4 kilómetros de Igea, en la Cantera del Santillo.

Se acabará el viaje en la Era del Peladillo. Un emblemático espacio turístico que contiene 1.766 huellas de dinosaurio siendo el primer yacimiento de Europa y el tercero del mundo. Presenta gran variedad de huellas, algunas de gran importancia científica porque son únicas, como icnitas con membrana entre los dedos del dinosaurio Hidrosaurichnoides Igeensis, la huella más pequeña de La Rioja de un herbívoro bípedo, huellas de carnívoros que caminaban apoyando los dedos y con parte de los huesos del pie, entre otros muchos tesoros, que fueron testigos de un pasado que nos dejaron su "huella" en esta bonita población de La Rioja Baja.

Por otra parte, el Celtibús partirá los días 8 y 22 de abril de la Oficina de Turismo de La Rioja a partir de las diez horas de la mañana. El 8 de abril, se visitará el castillo de Cornago, el yacimiento y el centro de Interpretación Contrebia Leucade. En ambos casos, la visita incluye el almuerzo.

El día 22, se conocerá el Museo de la alpargata en Cervera del Río Alhama, el yacimiento y el Centro de Interpretación de Contrebia Leucade en Aguilar del Río Alhama. El Museo de la alpargata les mostrará la importante trascendencia que ha tenido la tradicional elaboración de la alpargata en la historia y la cultura del municipio. El museo está dividido en dos plantas y en su visita se recorrerán todas las etapas de fabricación, su origen, los conflictos surgidos, el camino seguido hasta conseguir una alpargata más moderna o el futuro al que se enfrentan. Un viaje con el que conocer una forma de vida que ha hecho a Cervera del Río Alhama ser conocida como la cuna de la Alpargata.

En ambos casos, se visita el yacimiento arqueológico de Contrebia Leucade, el mejor conservado de La Rioja y uno de los más representativos de la cultura celtibérica en España. Por su localización, en un territorio con defensas naturales muy fuertes, Contrebia Leucade fue utilizada a lo largo de casi dos mil años por distintas culturas, por lo que es un yacimiento con un gran contenido histórico. Aquí habitaron civilizaciones desde la Primera Edad del Hierro, pasando por la época celtibérica y romana hasta la Alta Edad Media. Además, en estas visitas está previsto conocer el Centro de Interpretación de Cultura Celtibérica de Contrebia Leucade, situado en Aguilar del Río Alhama y creado con el fin de poner en valor el yacimiento arqueológico. En él se puede visitar una exposición de todas las piezas que se han encontrado en las excavaciones realizadas en el yacimiento (cerámicas, utensilios de hierro, mosaicos, etc.). Además se presenta una visión de la ciudad celtibérica de Contrebia Leucade a través de un recorrido por sus distintas salas en las que se refleja su vida cotidiana, sus costumbres, su función militar y estratégica, además del modo de vida de quienes la construyeron y habitaron.

Reserva de billetes

Los interesados pueden encontrar más información y reservar sus billetes en http://experiencias.lariojaturismo.com/, además de en la Oficina de Turismo de La Rioja. Ambas actividades tienen el precio de 25 euros. Las personas interesadas podrán adquirir sus entradas a partir de hoy. Cada ruta dispondrá de 19 plazas.

 

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Para disfrutar al máximo de La Rioja te recomendamos esta ruta donde conocerás sus lugares más importantes. Además, puedes combinarlos con los eventos que se celebran en Semana Santa y que puedes ver a tu derecha. ¡La Rioja Apetece!

Día 1: Nájera - Santo Domingo - Ezcaray

Para el primer día, podréis seguir el trazado del Camino de Santiago a su paso por La Rioja que justamente sigue este recorrido. Empezaríamos por Logroño, aunque os sugiero que al menos dejéis una tarde para conocer bien la capital y, sobre todo, para disfrutar de la gastronomía popular de la Calle Laurel.

En Logroño entra el Camino de Santiago por el Puente de Piedra y atraviesa el Casco Antiguo hasta la Iglesia de Santiago que tiene a sus pies una fuente para el peregrino y un curioso juego de la oca gigante con representaciones de todos los hitos principales del Camino de Santiago. Siguiendo el Camino (las marcas con las conchas amarillas y las flechas son fáciles de seguir) llegaréis a la Plaza del Parlamento, donde se encuentra el Parlamento de La Rioja. Cerca de allí se encuentra la Puerta del Revellín, antigua puerta de la ciudad orientada a Finisterre por la que los peregrinos abandonaban Logroño de camino a Navarrete.

Siguiendo la ruta del Camino de Santiago, llegamos a Navarrete. Aunque si se hace en coche, una moderna variante rodea el pueblo, merece la pena entrar a visitarlo. Navarrete es también famoso por su alfarería. Resulta curioso visitar alguna de las más artesanas como es la de Antonio Naharro, justo enfrente del antiguo Hospital de peregrinos San Juan de Acre del que sólo queda la portada que hoy pertenece al cementerio de Navarrete.

Salimos de Navarrete de camino a Nájera, cuna de reyes, ya que aquí tuvo su corte durante muchos años el Reino de Pamplona - Nájera (918 – 1076) Sancho III el Mayor construyó el Monasterio de Santa Mª La Real, donde se encuentra el Panteón real, en base a una leyenda sobre unas visiones que tuvo en la cueva que se encuentra dentro de la iglesia del monasterio.

Desde Nájera, antes de partir por el Camino de Santiago hacia Santo Domingo de la Calzada, merece la pena un pequeño desvío que muchos peregrinos hacen incluso a pie para visitar los Monasterios de Suso y Yuso en San Millán de la Cogolla, Patrimonio de la Humanidad por ser el lugar donde se han encontrado las primeras palabras escritas en castellano antiguo y en vascuence. Es un lugar privilegiado, no sólo por si importancia histórica, sino también por su belleza paisajística. El monasterio de Suso, tiene las visitas limitadas y hay que reservar la visita con antelación. Tenéis el teléfono de la reserva en el enlace que os he hecho con la nuestra página web.

A la vuelta de San Millán, y siguiendo con los monasterios de La Rioja os recomiendo la visita al Monasterio Cisterciense de Cañas. Es un monasterio peculiar porque al contrario de la mayoría de los monasterios góticos y de la orden del Cister, este monasterio fue y sigue siendo un monasterio de mujeres. Son de las pocas monjas cistercienses del mundo. El monasterio es realmente bonito.

Ya en Santo Domingo de la Calzada, toda la ciudad esta construida por y para el Camino de Santiago, desde el antiguo Hospital de Peregrinos que hoy es Parador nacional hasta, por supuesto, su magnífica Catedral que posee en su interior la prueba viva de una famosa leyenda medieval en la que cantó una gallina después de asada. Aun podéis oír cantar al gallo y la gallina en la Catedral y podréis conocer al completo la leyenda.

Desde Santo Domingo, tenéis a un paso la villa de Ezcaray. Allí está uno de los templos de la cocina riojana en los fogones de Francis Paniego y su madre Marisa en el Echaurren con 2 estrellas Michelin, aunque también tenéis otras opciones más económicas y de diferentes niveles culinarios. Y para los amantes del esquí a pocos kilómetros encontrará las Estación de Esquí de Valdezcaray.

 

Día 2: Los misterios del vino

El vino de Rioja es famoso en el mundo entero, pero poca gente conoce la importancia que el vino tiene no solo para esta Comunidad, sino para la cultura mundial en general. Un lugar increíble para conocer esto es el Museo de la Cultura del vino Dinastía Vivanco, en la bonita localidad medieval de Briones. En sus más de 4.000 metros de exposición podréis disfrutar de todo lo que el vino ha legado a la cultura y el arte desde los antiguos egipcios a modernos Picassos y conocer además los métodos de elaboración, el transporte, el embotellado, la crianza en barricas… Os recomendamos que reservéis por teléfono la visita lo antes posible porque supongo que en Semana Santa va a estar a tope y es una visita indispensable. Este museo ofrece también visita a su bodega, cursos de cata, tienda especializada, restaurante, etc.

Después de conocerlo todo sobre el vino podéis pasar a la práctica en el Barrio de la Estación de Haro, donde se concentran el grueso de las bodegas centenarias de La Rioja. Muchas de ellas tienen visitas organizadas y es muy difícil recomendar una.

Si recorréis la comarca de la Sonsierra empezando por San Vicente (veréis su iglesia y castillo desde Briones) encontraréis lagares rupestres donde se pisaba la uva a pie de campo y construcciones puntiagudas de piedra llamados guardaviñas que servían de refugio y como almacén de herramientas. También encontraréis la única iglesia templaria de La Rioja: Sta. Mª de la Piscina. En San Vicente se celebra una de las fiestas más conocidas de la Semana Santa riojana: los picaos. Estos disciplinantes anónimos se castigan la espalda con flagelos. Es impresionante y siempre hay mucha gente, por lo que si queréis verlo, tendréis que ir con mucho tiempo.

Si os gusta el deporte, una opción interesante es hacer algún tipo de actividad entre viñedos. Las hay de todo tipo y para todo tipo de personas, incluso si no se es un deportista nato: piraguas por el Ebro entre viñedos, globo sobre las viñas, paseos a pie y en bici e incluso paseos a caballo entre los viñedos. Son muy divertidas e interesantes.

Durante todo el día tendréis la oportunidad de llevaros un recuerdo de La Rioja en forma de vino, ya que todas las bodegas ofrecen sus vinos a un precio competitivo a los visitantes turísticos. También podéis visitar el taller de algún artesano que realice botas de vino o barricas.

 

Día 3: Naturaleza y Paisaje

El tercer día podéis dedicarlo a conocer la Sierra Riojana. Especialmente la Sierra de Cameros, con gran tradición ganadera y trashumante hoy reconvertida en el Parque natural de Sierra Cebollera.

Se puede empezar la visita a esta zona subiendo por la empinada carretera del Cañón del Leza. Es un cañón impresionante en el que los buitres sobrevuelan por los miradores sobre las cerradas curvas de la carretera que desde Logroño lleva a lo más alto del Camero Viejo hasta el puerto de Piqueras. En su ascensión además de pequeños pueblos verás pastar las mejores terneras riojanas e incluso, si tienes suerte, algún ciervo que se acerca a los riachuelos a beber. El pueblo de Trevijano se encuentra colgado en la parte alta del cañón y tiene unas vistas excelentes.

Después de llegar hasta Piqueras, en la localidad serrana de Lumbreras, donde encontraréis el centro de interpretación de la trashumancia, podéis bajar por el Camero Nuevo hasta llegar a Ortigosa en Cameros donde podréis visitar las Cuevas naturales descubiertas en una voladura para hacer una cantera para construir el Pantano del Rasillo.

En Villanueva de Cameros podrás conocer cómo se hacen las almazuelas, una artesanía riojana que se realiza cosiendo pequeños trocitos de tela para formar coloridas colchas o cojines, llaveros, alpargatas…

En Villoslada de Cameros encontraréis del Centro de Interpretación de Sierra Cebollera que os mostrará la belleza de este Parque Natural.

De regreso a Logroño, pasaréis por la localidad de Torrecilla en Cameros, cuna de Sagasta y capital de los Cameros.

 

Día 4: La Rioja Baja

El último día lo podéis pasar conociendo culturas ancestrales que dejaron su huella en La Rioja. Desde Calahorra, antigua Calagurris romana. Ciudad romana de gran importancia como atestiguan los restos romanos que quedan en esta localidad. Calahorra es la capital de La Rioja baja, tras recorrer su Catedral, el Museo diocesano y otros lugares de interés, no dejéis de probar en uno de sus excelentes restaurantes la verdura calagurritana en cualquiera de sus formas, desde la más tradicional a la nueva cocina. La Semana Santa en Calahorra está declarada de interés turístico nacional y podréis ver procesiones y pasos con gran tradición.

Desde Calahorra merece la pena desplazarse a Alfaro donde llama la atención la gran cantidad de cigüeñas que se pueden ver en esta localidad. En la colegiata de Alfaro podrás descubrir la mayor colonia de cigüeña blanca de Europa.

En el centro de interpretación de la Reserva Natural de los Sotos del Ebro os explicarán por qué estas cigüeñas han elegido La Rioja para pasar la mayor parte del año y conoceréis la riqueza natural de esta zona riojana.

Siguiendo el curso del río Alhama desde Alfaro, se llega a Cervera, la capital de la Sierra oriental riojana, desde allí se accede a Contrebia – Leucade, un yacimiento arqueológico de gran interés en un asentamiento celtíbero. Allí conoceréis las formas de vida de estos antiguos habitantes de La Rioja.

Por la tarde, para recuperar fuerzas, os podéis acercar a las pozas de Arnedillo, cerca del balneario de esta localidad y que manan de la misma fuente que las aguas que cientos de turistas “toman” cada año en este establecimiento. Las pozas son más modestas, pero igual de relajantes.

Cerca de Arnedillo, en Enciso, tenéis el parque del paleoaventura de “El Barranco Perdido”, punto de partida ideal para conocer los yacimientos de huellas de dinosaurios y el lugar perfecto para pasar un día en familia donde los niños aprenderán a ser paleontólogos y disfrutarán en el parque de aventura. El paisaje rocoso de Enciso, especialmente al atardecer cuando el cielo se vuelve rojizo, te transporta a miles de años atrás cuando esta zona era una laguna arcillosa y los dinosaurios paseaban por sus orillas en busca de agua y alimento.

También, muy cerca, se encuentra el Centro Interpretación Paleontológica de Igea que tiene una colección fósil realmente impresionante, con restos únicos en el mundo. Además, es la única localidad en toda La Rioja que cuenta con un tronco fósil y su yacimiento de huellas 'La Era del Peladillo", está en los primeros puestos en el ranking en Europa en cuanto a número de huellas. Además, organiza un montón de actividades para los más pequeños en Semana Santa.

Seguro que a su paso veis muchos lugares que merecen una parada, tomároslo con tiempo. Parad y disfrutad del paisaje, de las gentes y de la hospitalidad riojana. Si no os da tiempo a hacerlo todo, no os preocupéis, La Rioja está muy cerca y estaremos encantados de que volváis a visitarnos.

Este año se celebra además en Arnedo la séptima edición de La Rioja Tierra Abierta desde el 31 de marzo hasta el 29 de octubre de 2017. El lema 'Cinemática' gobierna todos los contenidos expositivos evocando un siglo XX en aceleración constante donde la combinación de la luz y el movimiento nos hicieron entender la realidad contemporánea bajo nuevos parámetros.

 

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El otoño es un momento ideal para pasear por las sierras y los valles riojanos. Todo se tiñe de colores rojizos y amarillos gracias a los hayedos y las viñas. Si lo que te gusta es disfrutar del paisaje y la naturaleza te sugerimos algunos lugares especiales por su belleza, por su entorno o por la diversión que ofrece al visitante.

Para empezar, una visita imprescindible, el Parque Natural de Sierra Cebollera. Este parque se extiende por la sierra de Cameros y acoge en su interior curiosos paisajes, una ermita con tradiciones ancestrales como “las caridades” e incluso un parque de esculturas realizadas con elementos del paisaje. La mejor forma de empezar la visita al parque es acudir al Centro de Interpretación que se encuentra en Villoslada de Cameros. Allí conocerás la riqueza natural del parque, su flora, su fauna y todos los secretos que este entorno esconde.

Tras pasar por el Centro de Interpretación del Parque Natural, se puede optar por visitar otro Centro de Interpretación, el de la Trashumancia, que explica la importancia que esta práctica ganadera tuvo en esta zona de La Rioja o acercarse a la bonita localidad de Ortigosa de Cameros y visitar sus cuevas turísticas. ¡Intenta buscar un caniche entre sus estalactitas y estalagmitas!

También podéis pedir información en los centros de interpretación o en la Oficina de Turismo de Cameros para visitar un paraje natural único que se encuentra en esta zona: las cascadas de Puente Ra. El agua es el protagonista en este entorno. Lleva preparada la cámara porque todas las fotos que saques en esta zona serán candidatas para aparecer entre tus favoritas.

De vuelta hacia la capital, te sugerimos desviarte de la carretera principal, para visitar el Camero Viejo. Esta es una zona de la sierra más despoblada, pero que conserva todo el encanto de los pequeños pueblos serranos. La carretera gira en curvas, bordeando el magnífico cañón que forma el Río Leza. No te pierdas la subida al pueblo de Trevijano, colgado sobre el cañón, desde el que verás sobrevolar al buitre leonado. Puedes hacer una parada en la localidad de Soto de Cameros, de donde son originarios los famosos mazapanes de Soto que todos comemos por Navidad.

Pregunta a cualquier camerano qué son las almazuelas. Te llevarás una sorpresa de muchos colores.

Para completar la visita a los Cameros, te sugerimos un poco de turismo deportivo. Las posibilidades de esta zona son enormes: senderismo, bicicleta, 4x4, barrancos, espeleología, parapente… ¿Te atreves a probar?
 

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La Rioja puede ser una aventura para los niños. ¿Dónde van a encontrar dinosaurios, castillos, molinos de viento, cascadas y aventuras?

Empezaremos por descubrir a los animales más antiguos de la tierra. Los dinosaurios dejaron sus huellas en La Rioja hace miles de años y aún pueden verse. ¿Te imaginas tu mano dentro de la huella de un dinosaurio? Prueba a ver quién deja la huella más grande. 

Para entender la vida de estos animales, cómo dejaron sus huellas y, sobre todo, como han llegado a nuestros días, tenéis que visitar el Barranco Perdido, un completo parque de paleoaventura donde jugar a ser exploradores y disfrutar en familia mientras se aprende. En Enciso y en otras localidades de su alrededor se encuentran la mayoría de los yacimientos, las reproducciones a escala natural de los animales y las historias más curiosas: una lucha entre dinosaurios, una familia al completo, un dinosaurio cojo… Sí, aunque parezca mentira todo esto podrás verlo en La Rioja.

El vino también puede ser divertido para los niños, no pueden beberlo, pero pueden aprender como se hace el mosto, catarlo mientras los mayores catan vinos, ver grandes bodegas con sus depósitos de acero que parecen naves espaciales, jugar entre los viñedos, aprendiendo cómo se vendimia, cómo se cuidan las viñas… Las posibilidades son muchas y a los niños les encantará comportarse como los mayores en una cata de mostos o conocer cómo la uva se convierte en vino, un misterio ¿no?

Pero la diversión en familia no acaba aquí. ¿Sabías que La Rioja está llena de castillos? Con sus batallas famosas y todo, como la del Castillo de Clavijo, en la que apareció el famoso caballo blanco de Santiago (¿de qué color era?) para ganar la batalla. 

Entre castillos y monasterios podrás vivir cuentos medievales, de príncipes y reyes, como el Rey de Nájera – Pamplona, que estando un día de caza, avistó una paloma que le llevó a una gruta en la que encontró una imagen de la virgen, unas azucenas, una campana y una lámpara de aceite. En ese mismo lugar edificó el Monasterio de Santa María La Real de Nájera y si lo visitas con niños podrás entrar en la gruta, al fondo del panteón donde descansan los reyes.

La Rioja está llena de leyendas medievales, como la de la gallina que cantó después de asada en Santo Domingo de la Calzada, en su catedral hay un gallinero con gallinas y gallos vivos que cantan para todos los que les visitan.

También se esconde entre los bosques riojanos el pequeño monasterio de Suso (casi una ermita) donde hace muchos siglos se escribieron las primeras palabras del castellano y también en euskera, en un lateral de un libro en latín, casi como un apunte de los libros que todos usamos en la escuela.

Si lo que buscas es aventura, lo que necesitas son actividades deportivas: raquetas de nieve, bicicletas y caballos entre los viñedos, senderismo recogiendo moras o cualquier otro fruto silvestre… ¿Qué te parece más divertido?

Además en La Rioja podrás divertirte a la vez que aprender, en los centros de interpretación (de la trashumancia, de la apicultura, de la nieve, de los celtíberos, de los sotos del Ebro…), visitando un molino de viento o de agua, jugando en la Casa de Las Ciencias o disfrutando de las actividades del Museo Vivanco de la Cultura del Vino o las visitas familiares del Museo Würth de arte moderno.

¿Creías que los niños se iban a aburrir en La Rioja?
 

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¡Al fin solos!, los dos, disfrutando de la gastronomía, el vino, para reencontrarte con tu pareja o incluso para acabar de conquistarla: ¡Bienvenido a La Rioja! Donde las historias siempre tienen un final feliz.

Para empezar, un alojamiento con encanto. Una pequeña casa rural, una hospedería del vino, un antiguo convento con jacuzzi para dos, la suite de un hotel en Logroño… Las ideas son muchas, elige la que más te guste y sorprende a tu pareja.

Podemos completar la velada con una cena para dos. Si queréis descubrir los secretos mejor guardados de una pareja perfecta, ¿qué tal una cena de maridaje? La gastronomía y el vino forman juntos la mejor de las combinaciones. El vino saca lo mejor de los sabores gastronómicos y sin el vino, la gastronomía parece incompleta. Una lección para la vida.

Pero el romanticismo puede encontrarse en cualquier esquina de La Rioja. Podemos empezar por un paseo por los viñedos, a caballo, a pie, en bicicleta o incluso en calesa… tú eliges. Podemos completar la mañana con un curso de cata para dos, en una bodega, en un museo, en el propio hotel… y qué te parecería visitar una bodega y que el dueño os la enseñe sólo a vosotros dos. Elige, entre las bodegas que tienen visita turística, las más pequeñas y te encontrarás como en casa. Aunque las más grandes también os gustarán, llenas de rincones únicos, algunos por centenarios y otros por su diseño vanguardista.

Para seguir uniendo lazos, una vinoterapia para dos. Estos tratamientos que se ofrecen en los Spas de La Rioja, os unirán en un mundo de sensaciones, aromas y relajación. Una auténtica maravilla que despierta todos los sentidos y ayuda a olvidar todos los problemas. Un auténtico milagro ayudado por los extractos naturales de la uva y el vino.

Para finalizar, os sugerimos disfrutar de un atardecer desde alguno de los castillos repartidos por toda La Rioja. El cielo regala a La Rioja atardeceres rojizos que parecen combinarse con las viñas y los hayedos durante el otoño.

¿Se te ocurre un lugar mejor para visitar con tu pareja? 

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Si ha elegido La Rioja para pasar un fin de semana o si esta pensando en ello, ahí va una sugerencia para aprovechar su tiempo y conocer lo fundamental: 

Viernes:
Si llega a La Rioja el viernes por la tarde, visite la calle Laurel o San Juan en Logroño o la Calle de la Herradura en Haro. Probar las especialidades de cada bar, junto con el Rioja de la casa es la mejor forma de comenzar la visita a La Rioja y conocer la cultura del vino.

Sábado:
El sábado puede comenzar con una visita al Museo vivanco de la Cultura del Vino, situado en Briones. Aquí conocerá los métodos de elaboración, la fabricación de barricas, botellas, el transporte, los vinos del mundo, la historia del vino y, sobre todo, la amplia cultura que el vino ha producido en el mundo, desde los egipcios a modernos Picassos.

Tras esta visita, le sugerimos realizar un curso de Cata en el propio museo o en otros lugares por toda La Rioja: la Cofradía del Vino de Rioja, El Consejo Regulador, bodegas y asociaciones ofrecen estos cursos, algunos muy completos y con diplomas acreditativos.

Si lo que desea es conocer el proceso de elaboración más de cerca puede acercarse a una de las cien bodegas que abren sus puertas a público turístico. Conociendo su forma de elaboración y sus vinos, conseguirá disfrutar más de este producto riojano. 

Cuando haga su parada para comer, no dude en probar las chuletillas al sarmiento o las patatas con chorizo, platos típicos de la cocina riojana que puede degustarse en muchos de nuestros restaurantes y en algunas bodegas. También podrá descubrir la nueva cocina riojana, clásicos renovados que sorprenden en su presentación y satisfacen en sus sabores. 

Tras la comida, le recomendamos otra forma de conocer la cultura del vino, actividades entre viñedos: a pie, en bici, a caballo e incluso en piragua por el Ebro o en globo sobre los viñedos podrá usted conocer las diferentes variedades de uva y las estrictas normas que rigen la viticultura en la Denominación de Origen Rioja. 

Para terminar el día llévese un tesoro: una botella de Rioja especialmente elegida ahora que lo sabe todo sobre este vino mundialmente famoso o una bota de vino realizada a mano por un artesano riojano.

Domingo:
Para el domingo le sugerimos una visita cultural única: Los monasterios de Suso y Yuso en San Millán de la Cogolla, Patrimonio de la Humanidad. 

En el Monasterio de Suso, el más antiguo, situado entre montes, los eremitas del Medievo escribieron en sus scriptorium las primeras palabras en castellano.

El Monasterio de Yuso, más grande y rico, acoge en su interior el aula de la lengua castellana y una gran biblioteca única. 

De camino hacia San Millán pasará usted por Berceo, la localidad cuna de Gonzalo de Berceo, el primer poeta de la lengua castellana. 

Desde San Millán le recomendamos una visita a Santo Domingo de la Calzada. No deje de visitar su Catedral en la que podrá ver la tumba del santo y un gallinero ¡¡dentro de la propia iglesia!! Pregunte por el milagro del gallo y la gallina y descubrirá el por qué. No deje de pasear por sus calles y tómese un descanso en el Parador de Turismo, antiguo Hospital de peregrinos. 

Seguro que a su paso ve muchos lugares que merecen una parada, tómeselo con tiempo. Pare y disfrute del paisaje, de las gentes y de la hospitalidad riojana. Si no le da tiempo a hacerlo todo, no se preocupe, La Rioja está muy cerca y estaremos encantados de que vuelva. 

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