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Almas de piedra

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Almas de piedra

Ilustración de Pedro Espinosa para el Torrebús

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Ilustración de Pedro Espinosa para el Torrebús

Almas de piedra

Ilustración de Pedro Espinosa para el Torrebús

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Ilustración de Pedro Espinosa para el Torrebús

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Ilustración de Pedro Espinosa para el Torrebús

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Ilustración de Pedro Espinosa para el Torrebús

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Ilustración de Pedro Espinosa para el Torrebús

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Ilustración de Pedro Espinosa para el Torrebús

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Ilustración de Pedro Espinosa para el Torrebús

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Ilustración de Pedro Espinosa para el Torrebús

Almas de piedra

Ilustración de Pedro Espinosa para el Torrebús

Almas de piedra

Ilustración de Pedro Espinosa para el Torrebús

Torrebús, 2 de septiembre de 2017.

Visita al Museo del Torreón en Haro y al Palacio de los Frías de Salazar en Cellorigo.

Seguimos una antigua ruta fortificada. Logroño, Torremontalbo, Davalillo, San Vicente de la Sonsierra, Briones… Escuchamos gritos de piedra que no se ve mientras alcanzamos Haro, faro vitivinícola de La Rioja en el mundo. Atravesamos el solemne Barrio de la Estación, un manantial de historias, artes añejas y vinos tintos, y avanzamos bajo el escrutinio silencioso de una antigua torre. Es el legado de años preventivos, de miedo y de guerra.

El destino quiere que ahora pisemos la plaza de la Paz, donde reposa solemne el viejo ayuntamiento. En este remanso de miradas cruzadas, recreamos mentalmente el cinturón pétreo que abrochó la ciudad entre los siglos XII y XV. La puerta de San Bernardo y el Torreón comparten fotografía como últimos recuerdos de la muralla que un día fue. Su testimonio es inmóvil.

Una vez que España fue reconquistada, la torre perdió su alma militar y quedó la piedra expuesta ante manos ajenas (curativas, condenadas, taurinas, sedientas). Desde 2007, es Museo del Torreón. El espacio histórico adquiere aquí rasgos contemporáneos, habitado por autores propios de La Rioja.

Dentro, nos acompaña Pedro Espinosa, dibujante en ruta y huésped casual de esta vetusta construcción militar. Algunos de sus retratos conforman la exposición ‘La Rioja en un cuaderno’, un salpicón de colores y trazos autóctonos. Sus manos trabajan sobre la naturalidad del instante. Retrata a personas como intérpretes de su realidad, protagonistas ordinarios. Sobre el papel, crecen como el alma que habita lugares y momentos pasados.

Los tres niveles de la torre son arte como forma de interpretar el mundo; arte sobre arte. Las paredes nos hablan de realismo mágico, de hiperrealismo, de modelos abstractos; interpretaciones íntimas de una vida atemporal que siempre prevalece. El último piso es un espléndido mirador circular, los ojos de la torre. Oteamos en el pasado un horizonte limpio en busca de forasteros, de enemigos antiguos y de alertas inminentes. El presente, sin embargo, es un homenaje hierático a su alma de piedra, a la calma.

Acostado contra los imponentes Montes Obarenes, Cellorigo nos avista desde lo alto, entre riscos que emulan la columna vertebral de un estegosaurio. Es una localidad nacida para la observación continua. Entendemos que fuese escenario de dos batallas importantes entre cristianos y musulmanes en los años 882 y 883. Desde allá arriba, en la frontera inmediata con Burgos, pueden identificarse más de treinta pueblos de La Rioja y su provincia vecina. El mirador es una fotografía en gran angular hasta la Sierra de la Demanda; una llanura silenciosa que grita cada noche.

En el pueblo, conversamos con uno de sus vecinos, Luis Guinea. Pintor aficionado y, desde 1985, propietario del Palacio de los Frías de Salazar, una torre defensiva del siglo XV adosada a una vivienda del siglo XVI. Examinando su rostro mineral, Guinea recuerda el tiempo, el esfuerzo y el dinero que ha costado resucitar esta vieja sonrisa. La piedra permanece erguida, victoriosa, frente a la gran planicie.

Antes de entrar, nos cuentan que el ilustre linaje de los Frías de Salazar desembarcó en la fortaleza de Cellorigo a finales del siglo XV; habitaron la torre y edificaron la casa solariega contigua. El mayor exponente de esta familia, Juan de Frías Salazar, yace en la cercana iglesia de San Millán. Un rato más tarde, lo visitamos respetuosamente.

En 1524, Carlos I cedió la torre a Diego de Rojas y Juan de Rojas. Sobre la puerta, nos señalan las estrellas que alumbran su escudo heráldico. Los Rojas abrieron una puerta adicional con paso por la huerta colindante, hoy suelo abandonado, para acceder directamente al próximo templo de San Millán. Cuando Guinea conoció la torre, ese camino para privilegiados ya no existía.

Estamos preparados. El alma de piedra asoma bajo la madera. Entramos de la mano de nuestro anfitrión, a quien reinventamos como el artista devoto ‘Luisón’. En las tres plantas, cohabitan un centenar de sus cuadros. Arte y funcionalidad, tradición y presente continuo. Su hogar es su museo. Generoso, Guinea nos abre todas las puertas de este recuerdo original.

El primer piso de la torre ha sido tomado por un ejército de ilustres damas. Analizamos los rostros reproducidos de la Marquesa de Espeso, de la Reina Sofía, de la Baronesa de Rothschild, de la Condesa Vilches… Ascendemos hacia la segunda planta de este ejercicio copista. Nos saludan el cardenal Richelieu, el Empecinado, el duque de Urbina y María Tudor. Admiramos pinceladas coloristas y enormes vigas de madera donde antes, una vez, seguía creciendo la torre ahora desmochada.

De regreso a la vivienda, las desiguales paredes también tienen ojos. Aquí, las miradas pertenecen a personajes sencillos, rurales, vecinos, viejos conocidos de Luisón, almas refugiadas en la piedra. 

Texto: Sergio Cuesta

Ilustraciones: Pedro Espinosa

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