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2º premio del concurso "La Rioja, en pocas palabras": El zampaniños

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2º premio del concurso "La Rioja, en pocas palabras": El zampaniños

Tragantúa de Logroño.

Con motivo de la celebración del Año Europeo del Patrimonio Cultural, se convocó el Certamen de relatos cortos sobre cultura riojana “La Rioja, en pocas palabras”. Los relatos debían tener como tema genérico la cultura riojana así como tener una extensión mínima de 250 y máxima de 500 palabras. "El zampaniños”, de José Antonio Vega Oncins obtuvo el segundo premio.

El zampaniños

Estoy en una foto, al costado del monstruo y junto a mi abuelo, el brazo estirado hacia arriba para coger su mano, con una gorrita de paja y el pañuelo de fiestas muy grande alrededor del cuello, algo atortugado. Tengo cara de susto, casi de pena, y  el abuelo Benjamín sonríe con la boina ladeada y gafas de sol. No sé quién haría la foto. Hay un montón de chavales en la cola y el bullicio no se oye, pero había mucho: peñas, tambores y dulzainas, gigantones que giraban con los brazos inertes, cientos de palomas levantando el vuelo.

Él me decía que no pasaba nada, que los niños salían otra vez por detrás y casi todos querían volver a tirarse, pero yo no lo veía claro. En la plaza olía a pimientos y a chuletas, y en la otra mano yo tenía un bastón de caramelo, de esos con rayas. En la foto se ve que lo tengo cogido con el puño cerrado, algo más a lo que agarrarme. Mis padres, que habían ido a las barracas a ver el Teatro Argentino, me lo habían comprado un rato antes en el Espolón. 

La señora del carrito decía una palabra muy rara. Yo pensaba que debía ser algo bueno, porque lo decía sonriendo. Me habían comprado también un sobre con un platillo volante desmontable. Valía un duro. Yo quise saber si volaba.

— Sí, amante, hasta Mendavia puedes ir con esto…

Yo me preguntaba dónde estaría ahora el sobre, dónde lo habría guardado mi abuelo. Tiró un poco de mi mano y yo clavé los talones. Me resistía, pero ya no tanto. Él me acarició el cogote y nos pusimos en la cola. Se había levantado un poco de aire.

Según nos acercábamos a la escalera me fijé en que el monstruo tenía un cuchillo rojo en la mano y volví a recular un par de pasos. El abuelo me dijo que no era un cuchillo, sino una hortaliza. Tampoco sabía lo que quería decir hortaliza (el abuelo era un poco redicho). Subí peldaño a peldaño mirando de vez en cuando hacia donde estaba él. Yo reprimía un puchero e intentaba sonreír. Me daba vergüenza que los otros niños vieran que estaba asustado.

Pasó otra peña, tocando La Madelón. Llevaban chaquetas rosas y pañuelos blancos, no rojos, y bailaban dando vueltas y saltos. A mi madre le gustaba mucho esa canción, la tarareaba todo el año. Miré a lo lejos a ver si la veía.

Arriba del todo había un señor también con pañuelo. Me puso la mano en el hombro con suavidad, lo justo para animarme.

— Hala, valiente.

Yo me volví de nuevo y el abuelo me sonrió por última vez. Me senté un momento en el borde y luego me olvidé de todo y me deslicé en la boca oscura con los ojos apretados.

Dentro del Tragantúa pensé que ya estaba, que ya era mayor.

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